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Ayer, 24 de diciembre, “día internacional de las felicitaciones”, observé, sobre todo en Twitter, cómo había quienes cuestionaban la conveniencia de felicitar “la Navidad”, frente a “las vacaciones”, o “las fiestas” a secas, como suelen hacer por ejemplo en los EE.UU., en un intento de ser 100% políticamente correctos/as.


La Adoración de los Magos. Capitel de la portada. San Miguel de Estella (Navarra)

Soy la persona más atea que conozco. No creo en nada. Para mí no hay cosas sagradas. Precisamente por eso no me preocupa que el resto de personas tengan profundas (o no tanto) convicciones religiosas. Allá ellos. Otra cosa es abusar o exigir en base a unas creencias que se consideren privilegiadas respecto de otras. Pero la fe es una costumbre que, por más que absurda e incomprensible, no me resulta demasiado molestosa.

Y no tengo problema en disfrutar de las procesiones de Semana Santa, ni en acudir a diversas romerías. En dichas circunstancias adopto una actitud respetuosa ante todo tipo de actitudes para mí irracionales e ininteligibles. También he llegado cuatro veces (nada menos) a Compostela como peregrino (no en coche, no), y me he sentido tan protagonista del Camino como el que más.

Y no me molesta, en absoluto, felicitar y que me feliciten la Navidad. Ni me planteo su relación con esa historieta de un niño dios parido en un pesebre por una mujer virgen. Pero, ¿quién cree en eso, a estas alturas? En Navidad paso unos días con mi familia; comemos, bebemos, reímos, hablamos, jugamos y nos hacemos regalos. Anoche incluso hubo amagos cantarines. Me gusta que las personas nos digamos palabras amables y nos deseemos cosas buenas. Cualquier excusa para pasarlo bien de forma sana me parece buena idea.

Así que a este ateo, descreído y ultraescéptico le podéis felicitar la Navidad. Aunque ésta sea un desenfreno de consumismo y una hipocresía moral, que lo es. Pero me gusta, con todas sus pequeñas tradiciones. Desde la lotería hasta el día de Reyes, pasando por los Inocentes y los saltos de esquí de Año Nuevo. Todo ello forma parte de mi cultura y son costumbres bonitas que no atacan a nadie. Y celebraré Hanuka con los judíos o en Año Nuevo Chino mientras sean fiestas divertidas y abiertas. Al fin y al cabo, su contenido religioso lo entiendo igual de poco que el de las fiestas cristianas.


El sueño de San José. Capitel del claustro. Mº. de San Juan de la Peña (Huesca).

Hay ateos que piensan que es necesaria una actitud intolerante ante determinadas costumbres religiosas demasiado institucionalizadas. A mí me sale ser intolerante con las opiniones trasnochadas de la Conferencia Episcopal, con el Papa, con la persecución moral a homosexuales o los condones, con el adoctrinamiento de los niños/as en las escuelas, con cosas horrendas y antiestéticas como los crucifijos y las sotanas. ¿Pero la Navidad? Criticar la Navidad desde el punto de vista de lo políticamente correcto me parece tan mezquino como que los obispos critiquen Halloween. Que las personas se diviertan, que falta hace. ¡Champán para todos! Hala, ¡a cantar villancicos!

Whenever anyone says “God,” we should reply, “God is imaginary.” (*)

Los estudios estadísticos demuestran que rezar no produce ningún efecto positivo en nuestras vidas, la Biblia contiene todo tipo de insensateces, la idea de un “plan divino” es absurda en este mundo caótico y lleno de sufrimiento, no existe ninguna evidencia tangible de los milagros de Jesús, el fenómeno religioso responde exactamente a lo que el diccionario define como superstición… son algunos de los argumentos que se utilizan en la web God is Imaginary para sustentar la afirmación de que Dios es imaginario.

En el sitio se ofrecen hasta 50 pruebas de dicha afirmación, a base de reflexiones sobre todo tipo de evidencias cotidianas de lo absurdo de la existencia de Dios.

Alguien podrá pensar que es un poco ingenuo utilizar argumentos tan obvios; que las religiones ya superaron ese recurso a la interpretación literal de los dogmas y escrituras; que la idea de Dios es algo más abstracto, íntimo y personal… Pero tengamos en cuenta que la web es estadounidense y seguramente tiene bastante sentido en ese país, donde más del 50% de la población considera que lo que dice la Biblia es literalmente cierto.

En todo caso, es interesante ver cómo han ido estructurando las diferentes pruebas, apoyando las unas en las otras y en diversos estudios científicos, y utilizando citas bíblicas para mostrar su inconsistencia.

En definitiva, sus creadores pretenden difundir la idea de la inexistencia de Dios partiendo de una realidad bien diferente, de un mundo en el que miles de millones de personas adoran a una divinidad. Pero eso no parece plantear un imposible, pues, de la misma forma que se alcanzó el voto femenino partiendo de una situación de negación mayoritaria del mismo, se puede llegar a un consenso mayoritario sobre que Dios (y Alá, etc.) son imaginarios. Y ese día, según afirman, el papel de las religiones será meramente decorativo y el mundo será un lugar mejor.

Mi relativismo y escepticismo naturales me obligan a escribir todo lo anterior “en tercera persona”. Es decir, sostengo plenamente las tesis de God is Imaginary, tengo la absoluta convicción de que Dios es imaginario, pero desdeño todo lo que tenga apariencia de “pensamiento único” y sospecho que un mundo sin religiones no sería tan idílico. En todo caso, no sería demasiado humano.

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(*) Cada vez que alguien diga “Dios”, debemos responder “Dios es imaginario.”

Tenía ganas de hablar yo también de la reina Sofía. Se han comentado mucho en estos días sus manifestaciones sobre temas inusuales en la Corona española, publicadas en el libro La Reina muy de cerca a partir de entrevistas a la monarca.

La mayoría de las cosas que dice Sofía no me sorprenden ni escandalizan. Que tengamos una reina homófoba o contraria al aborto entra dentro de lo normal. Mucha gente lo es y no pasa nada. Son cuestiones opinables, cuestiones éticas sobre las que la cultura, la educación recibida, la experiencia personal y la sensibilidad individual pueden dar lugar a conclusiones distintas en personas distintas. Y no pasa nada; las leyes las vota el parlamento, las ejecuta el gobierno y las hacen cumplir los jueces. En este país los homosexuales se casan porque a la mayoría de los ciudadanos/as nos parece bien. La reina adorna los desfiles, saluda con la mano, visita a los enfermos y opina porque le da la gana. Podría haber dicho que está en contra de la poligamia y a todo el mundo le habría parecido normal.

Pero casi nadie ha resaltado ni ha protestado por lo que en su “discurso” me parece a mí más grave con diferencia:

Se ha de enseñar religión en los colegios, al menos hasta cierta edad: los niños necesitan una explicación del origen del mundo y de la vida.

Toma ya. Sin anestesia. Vamos a ver, ¿es que Sofía no sabe que en la escuela de este país (al menos en la pública) las clases de Religión no son catequesis? ¿Y que hay muchos españoles/as que no son católicos pero tienen también derecho a la educación?

Pero eso no es lo peor. Personalmente no me gusta que se imparta religión en los colegios, pero cuento con que los profesores de esta materia hacen bien su trabajo, es decir, no adoctrinan sino informan. Por eso doy por hecho que ningún profesor/a de religión explica en sus clases “el origen del mundo y de la vida”. Y quien lo haga está faltando a su deber.

Por supuesto que los niños necesitan una explicación del origen del mundo y de la vida. Y precisamente por eso tienen una asignatura obligatoria (la Religión no lo es) que se llama “Conocimiento del Medio”, impartida por profesorado con formación en el terreno científico (y no en el de la especulación fetichista).

La reina debería saber que ya no se habla de Adán y Eva en las escuelas. De hecho, ni siquiera la jerarquía de la Iglesia se mete en esos asuntos. El Vaticano proclama su cruzada contra los condones, los gays o el aborto, pero hace mucho tiempo que dejó de opinar sobre “el origen del mundo y de la vida”, porque son temas para los que universalmente se les considera desacreditados.

Así que esas palabras de la reina Sofía sí me escandalizaron. Porque entran en el terreno de lo que no es opinable. Porque la Evolución no es una teoría sino una verdad científica profundamente contrastada. Y porque me parece muy peligroso que se hable de dejar la educación sobre las verdades evidentes en manos de la superstición.

Imagen tomada de hola.com.