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Whenever anyone says “God,” we should reply, “God is imaginary.” (*)

Los estudios estadísticos demuestran que rezar no produce ningún efecto positivo en nuestras vidas, la Biblia contiene todo tipo de insensateces, la idea de un “plan divino” es absurda en este mundo caótico y lleno de sufrimiento, no existe ninguna evidencia tangible de los milagros de Jesús, el fenómeno religioso responde exactamente a lo que el diccionario define como superstición… son algunos de los argumentos que se utilizan en la web God is Imaginary para sustentar la afirmación de que Dios es imaginario.

En el sitio se ofrecen hasta 50 pruebas de dicha afirmación, a base de reflexiones sobre todo tipo de evidencias cotidianas de lo absurdo de la existencia de Dios.

Alguien podrá pensar que es un poco ingenuo utilizar argumentos tan obvios; que las religiones ya superaron ese recurso a la interpretación literal de los dogmas y escrituras; que la idea de Dios es algo más abstracto, íntimo y personal… Pero tengamos en cuenta que la web es estadounidense y seguramente tiene bastante sentido en ese país, donde más del 50% de la población considera que lo que dice la Biblia es literalmente cierto.

En todo caso, es interesante ver cómo han ido estructurando las diferentes pruebas, apoyando las unas en las otras y en diversos estudios científicos, y utilizando citas bíblicas para mostrar su inconsistencia.

En definitiva, sus creadores pretenden difundir la idea de la inexistencia de Dios partiendo de una realidad bien diferente, de un mundo en el que miles de millones de personas adoran a una divinidad. Pero eso no parece plantear un imposible, pues, de la misma forma que se alcanzó el voto femenino partiendo de una situación de negación mayoritaria del mismo, se puede llegar a un consenso mayoritario sobre que Dios (y Alá, etc.) son imaginarios. Y ese día, según afirman, el papel de las religiones será meramente decorativo y el mundo será un lugar mejor.

Mi relativismo y escepticismo naturales me obligan a escribir todo lo anterior “en tercera persona”. Es decir, sostengo plenamente las tesis de God is Imaginary, tengo la absoluta convicción de que Dios es imaginario, pero desdeño todo lo que tenga apariencia de “pensamiento único” y sospecho que un mundo sin religiones no sería tan idílico. En todo caso, no sería demasiado humano.

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(*) Cada vez que alguien diga “Dios”, debemos responder “Dios es imaginario.”

Dediqué mi viaje al trabajo de esta mañana a pensar en catedrales y en Florentino Pérez. Mucho se habla últimamente de este hombre, y en particular de los multimillonarios fichajes que acaba de realizar como presidente del Real Madrid. Es su estilo, su forma de entender la gestión de un club de fútbol, pero se le critica por lo “antiestético”, e incluso inmoral, de pagar tantísimo dinero por unos futbolistas en época de crisis económica y aumento desenfrenado del desempleo. Mientras millones de personas lo pasan mal, un par de guaperas tocapelotas (lo digo en sentido fundamentalmente literal) se van a hacer de oro.

Pero pensaba yo esta mañana que lo desconcertante del caso no es que se llegue a pagar tanta pasta por fichar a jugadores en esta época de crisis, sino que haya bancos dispuestos a prestar esas cantidades cuando tienen tan cerrado el grifo del riesgo crediticio. Y allí es donde entra el tema de las catedrales.

La megalomanía ha existido siempre. A ella se debe, entre otras cosas, la creación de las 7 maravillas del Mundo Antiguo. En la Edad Media también se daba, en forma de inmensas catedrales capaces de dejar al resto de construcciones de la época literalmente a la altura del betún. ¿Y cuál era el origen entonces de tanta riqueza dedicada a la arquitectura más ostentosa? La piedad, el temor de Dios, el deseo de salvación. Los nobles adinerados destinaban enormes sumas a la construcción de lugares de culto, como tributo al Salvador, en un intento bienaventurado de alcanzar la gloria en el Más Allá.

Volvamos al presente. ¿Quién es ahora el Dios al que adoran los banqueros? ¿De dónde obtiene Florentino Pérez esa fe ciega para que le financien sus caprichos futbolísticos? Esa es la pregunta que debemos hacernos; ese es el misterio más grande de sus fichajes desorbitados.

Recordé algo esta mañana al pasar por la rotonda de La Orden que me dio la respuesta: me gasté casi 50 € hace un par de meses en una camiseta del Barça. La compré en la botiga del Camp Nou. Quería tener la camiseta del año del triplete. La estupidez humana, como decía Einstein, no tiene límites. Si hubo una época en que la esperanza en la vida eterna llevó a la gente a gastarse sus ahorros en ídolos de piedra, ahora no somos menos gilipollas ciertamente. Los bancos confían en la eficacia de las estrategias de marketing de Florentino. Pero no los censuro, la verdad; me parece algo mucho más digno de fe que la salvación de nuestras almas…

Imagen tomada de kinexy.com.