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Viernes, 26 de junio de 2009
Uno se hace esa pregunta varias veces en la vida; al fin y al cabo, y por viejo que uno sea, siempre estará por llegar un nuevo día en el que sea mayor que ahora mismo.
De pequeño uno quiere ser cantante, o bailarín; ser famoso, convertirse en el rey del pop… ese tipo de cosas. Después llega, tal vez, la época en que prefieres ser guapo, ligar mucho, tener cientos de mujeres/hombres a tus pies. Pasan los años y puede ocurrir que aspires a ganar mucha pasta, a vender 750 millones de discos y ser multimillonario.
Y llega un día como hoy en que, mientras lees la noticia de su muerte ocurrida minutos antes, llegas a la siguiente conclusión: lo que quiero es llegar a vivir más años que Michael Jackson.
Sin duda es un síntoma. De algo.
Más en este hormiguero: Michael Jackson.
Martes, 16 de junio de 2009
Dediqué mi viaje al trabajo de esta mañana a pensar en catedrales y en Florentino Pérez. Mucho se habla últimamente de este hombre, y en particular de los multimillonarios fichajes que acaba de realizar como presidente del Real Madrid. Es su estilo, su forma de entender la gestión de un club de fútbol, pero se le critica por lo “antiestético”, e incluso inmoral, de pagar tantísimo dinero por unos futbolistas en época de crisis económica y aumento desenfrenado del desempleo. Mientras millones de personas lo pasan mal, un par de guaperas tocapelotas (lo digo en sentido fundamentalmente literal) se van a hacer de oro.

Pero pensaba yo esta mañana que lo desconcertante del caso no es que se llegue a pagar tanta pasta por fichar a jugadores en esta época de crisis, sino que haya bancos dispuestos a prestar esas cantidades cuando tienen tan cerrado el grifo del riesgo crediticio. Y allí es donde entra el tema de las catedrales.
La megalomanía ha existido siempre. A ella se debe, entre otras cosas, la creación de las 7 maravillas del Mundo Antiguo. En la Edad Media también se daba, en forma de inmensas catedrales capaces de dejar al resto de construcciones de la época literalmente a la altura del betún. ¿Y cuál era el origen entonces de tanta riqueza dedicada a la arquitectura más ostentosa? La piedad, el temor de Dios, el deseo de salvación. Los nobles adinerados destinaban enormes sumas a la construcción de lugares de culto, como tributo al Salvador, en un intento bienaventurado de alcanzar la gloria en el Más Allá.
Volvamos al presente. ¿Quién es ahora el Dios al que adoran los banqueros? ¿De dónde obtiene Florentino Pérez esa fe ciega para que le financien sus caprichos futbolísticos? Esa es la pregunta que debemos hacernos; ese es el misterio más grande de sus fichajes desorbitados.
Recordé algo esta mañana al pasar por la rotonda de La Orden que me dio la respuesta: me gasté casi 50 € hace un par de meses en una camiseta del Barça. La compré en la botiga del Camp Nou. Quería tener la camiseta del año del triplete. La estupidez humana, como decía Einstein, no tiene límites. Si hubo una época en que la esperanza en la vida eterna llevó a la gente a gastarse sus ahorros en ídolos de piedra, ahora no somos menos gilipollas ciertamente. Los bancos confían en la eficacia de las estrategias de marketing de Florentino. Pero no los censuro, la verdad; me parece algo mucho más digno de fe que la salvación de nuestras almas…
Imagen tomada de kinexy.com.
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Categoría: Arte , Sociedad
Etiquetas: dinero, dios, fútbol
Domingo, 21 de diciembre de 2008
Que sepáis que este año nos va a tocar el gordo.
– Cualquier español un 21 de diciembre
El haber recorrido esta península de cabo a rabo varias veces en días como hoy me sirvió para descubrir cuan pequeños e innumerables son los afanes y esperanzas de los cientos de miles de personas que pronuncian la frase anterior en cada bar, restaurante o gasolinera de este país. El éxito de la lotería se basa en que hacen mucho más ruido los poquitos/as a quienes les toca algo que los millones que se quedan con las ganas.
Empecé la costumbre de comprar un décimo de lotería de Navidad del instituto hace años para llevárselo a mi abuela. Ella era una gran jugadora a raíz de una vez que le había tocado un décimo del 2º premio… Después dedicó el resto de su vida a fundirse el triple de aquel premio -por lo menos- en intentar repetir la proeza.
Se cumplen ahora dos años de la muerte de mi abuela pero he conservado la tradición de comprar ese único décimo de lotería de Navidad. No compro nada más, y trato con todas mis fuerzas de evitar al típico pesado que intenta colocarme un cutre-boleto de participación para contribuir a una buena causa. Así es que este es mi décimo, del que sé que no va a tocar mañana:

¿Que por qué sé que no va a tocar? Pues por la misma razón que sé, por ejemplo, que mi casa no será derribada por una aeronave, a pesar de que existe cierta probabilidad de que ello ocurra y, de hecho, pago cada año -muy a mi pesar- un seguro de hogar que cubre, entre otras muchas, esa contingencia.
Me desmarco, por lo tanto, de la frase común del día de hoy y me quedo de antemano, con auténtica alegría, con la que acababa siempre diciendo mi abuela tal día como mañana: “Hoy es el día de la salud“.
Salud para todos y todas.