Estuvimos el otro día paseando en bici junto a la ría del Odiel por la Avenida Francisco Montenegro, de Huelva (España). Estrenábamos el nuevo paseo construido a lo largo de la orilla por la Autoridad Portuaria de Huelva. Lo de “estrenar” no está mal dicho porque, aunque el carril lleva abierto unos meses, apenas lo usa nadie, así que está nuevo.

De hecho, en el tiempo que estuvimos por esa zona (casi una hora) y a lo largo de todo el trayecto de ida y vuelta (casi 8 km) vimos sólo a 15 personas paseando y dos en bicicleta. Sí, las conté, porque no era normal que aquello estuviese tan desolado un viernes de verano por la tarde y con una temperatura ideal.

Y es que, aparte de otros motivos, hay una razón evidente para no frecuentar el paseo: avanza a escasos 20 ó 30 metros del polo químico. El Ministerio de Fomento (del que depende el Puerto de Huelva) ha hecho un buen intento de que los onubenses nos asomemos a la Ría, y mentiría si dijera que no me pareció divertido y entretenido. Pero tienes que ser tuerto, o caminar con un ojo cerrado, porque mientras a tu derecha puedes ver el atardecer sobre el agua y el P. N. Marismas del Odiel, a tu otro lado, a la izquierda, todo es asfalto, fábricas, chimeneas y humos. Lo mejor y lo peor de la ciudad, separados por este carril-frontera.

Me llevé la cámara e hice unas cuantas fotos. Las imágenes hablan por sí solas. Nos detuvimos junto a un grupo de agujas colinegras, que picoteaban en el barro acompañadas por varias ruidosas gaviotas reidoras. A nuestra espalda la carretera, y justo detrás la entrada a la factoría de Atlantic Copper, productora de ánodos, cátodos y ácido sulfúrico. En la siguiente foto se ve a varias gaviotas patiamarillas descansando en las rocas que bordean la salida de aguas de otra fábrica.

El contraste es exagerado. Y da mucha rabia ver arruinado ese paraíso que en tiempos fue el triángulo que separa las desembocaduras de los ríos Tinto y Odiel. Da rabia pensar que en él se construyera un polo químico, justo al lado de la ciudad, pero mucha más rabia da (al fin y al cabo aquéllos eran otros tiempos) que aún hoy en día el polo siga allí.