Mantener un blog personal después de casi 5 años es un reto, sin duda. Para mí escribir aquí no es una labor profesional, y tampoco tengo una afición muy especial sobre la que tratar de forma erudita. Me gusta escribir, sencillamente contar lo que pienso o las cosas que me pasan, y hace ya tiempo que decidí que escribiría en este hormiguero simplemente aquello que me apeteciera en cada momento, sin preocuparme demasiado de que mis publicaciones tuvieran “éxito”. Esa decisión me ha ayudado a seguir publicando, aunque también me ha apartado temporalmente del blog en ocasiones.
Mientras me adapto a mi vida en una ciudad nueva y en un centro de trabajo nuevo, con nuevos retos personales y un montón de ilusiones, descubro que me sigue apeteciendo escribir en este hormiguero, y en ello estoy.

El jueves es en este curso mi día bueno. Salgo del instituto temprano y, normalmente, me adentro por la ciudad a hacer cosas. Es una simple actividad cotidiana, pero que en Granada se convierte en algo más. Granada es una ciudad con un tamaño manejable, que invita a caminar, a que tus piernas te lleven, y tiene dos ingredientes que hacen agradable, en mi opinión, recorrer sus calles: estudiantes y turistas. He conocido lugares parecidos, como Salamanca o Compostela, pero nunca viví en ellos.

Me gusta ver a mi alrededor gente que está de vacaciones; dan muy buen rollo. Personas llegadas de lugares lejanos que hablan otros idiomas. Me gusta la mezcla de culturas de esta ciudad, que resistió más que ninguna a la reconquista cristiana. Las distintas culturas que pasaron por ella la llenaron de iglesias y palacios, que hoy nos hablan de los grandes acontecimientos del pasado.

Ahora Granada se exhibe a diario, pero disfrutarla un jueves por la mañana es privilegio casi exclusivo de quienes vivimos en ella. No es fácil contar cómo es, pero al menos he traído algunas fotos…

