Sociedad


Es emocionante ver cómo este país se ilusiona. Ver los balcones ir llenándose de banderas cada día, igual que las camisetas, los taxis y las antenas de los coches. Ese trapo de colores, que nos inspira a muchos tan poca devoción, parece haber terminado por servirnos a todos y todas de cobijo y emblema.

Esta selección de fútbol es nuestra apuesta unánime. Por fin hay algo que es de todo el mundo y que nos pone uniformemente de acuerdo. Algo que identifica a empresarios, currantes, madridistas, culés, raperos, heavys, pijos, frikis, gays y fachas. Algo que enorgullece a los expertos que saben en qué equipos ha jugado Marchena y a los profanos que no saben ni quién es Andrés Iniesta. Algo de lo que participan gentes de todos los pueblos y ciudades de España. En esta selección hay jugadores de Madrid, Andalucía, Catalunya, País Vasco, Valencia… y hasta un canario. Es la selección de los funcionarios/as devaluados el 5%, de los 4 millones de parados, del gobierno y la oposición, de los banqueros mezquinos y también, cómo no, de los farisaicos estadistas que pretenden eliminar la Coordinación TIC de los centros educativos andaluces.

Disfrutemos este momento como se merece.

Los niños son felices, sienten una alegría nítida. Quienes tenemos ya más años podemos recordar tantos fracasos, tantas derrotas, tanto mal fario, que sabemos lo irrepetible de la ocasión. Cardeñosa, Naranjito, Arconada, Luis Enrique… todos rehabilitados de una vez y para siempre. Los más viejos lo vivirán sólo una vez en la vida, pero aún podrán sentirse afortunados, porque muchos se fueron ya sin haberlo visto.

Tal vez queramos prepararnos para la final. Tal vez nos preocupe con quién vivir el momento, a quién invitar a esta gala, con quién recordar por siempre que asistimos a ella. Tal vez echemos de menos a alguien con quien ya no poder compartirla.

Esto no es una frivolidad, no es pan y circo para las masas. Porque esto trasciende nuestras existencias miserables. Sí, estamos muy jodidos; tenemos paro, pobreza, enfermedades y miles de problemas. Pero cuando todos nuestros males pasen (o no), cuando todo se arregle o se estropee mucho más, podremos decir que vivimos algo especial, algo grande que era de todos/as, algo que no olvidaremos y querremos contar a quienes aún no están: que vimos a la selección española de fútbol jugar la final de un Mundial.

Anda que si la ganamos…

Imagen tomada de elpais.es.

- Illo, fíjate qué forofos son en esa casa.

- No, hombre, que es el cuartel de la Guardia Civil.

- Ah. Claro.

(Me encanta estar de vacaciones porque tengo tiempo para hacer chorradas como ésta :-P ).

No es fácil pasar a la historia como tenista profesional cuando tienes 28 años, eres el 148 del mundo y no has ganado nunca nada importante.

El tenista francés Nicolas Mahut lo consiguió hace sólo unos días.

Dicen que todas las personas tenemos derecho en la vida a unos minutos de fama, de gloria universal. Pero casi nadie lo consigue. Hay que ser muy bueno/a. O tener muchísima suerte (buena o mala). O cometer una barbarie. ¿Cómo, si no…?


Nicolas Mahut

Nicolas Mahut no se lo propuso, no contaba con ello. No fue algo premeditado. Sin embargo, de la forma más genial y sorprendente, pasará a los anales del tenis mundial por haber jugado el partido más largo de la historia.

Su rival, John Isner, a pesar de ser algo más joven y exitoso, tampoco ha hecho ni hará en su vida otra proeza semejante. Wimbledon, 22 al 24 de junio de 2010: 11 horas y 5 minutos de partido, 183 juegos disputados, 215 aces… Dicen que cuando acabó el partido la persona más feliz era Mohamed Lahyani, el sufrido juez de silla. El partido que tenía el récord anterior había durado casi 5 horas menos; casi la mitad de tiempo.

Curiosamente, a pesar de acabar perdiendo el encuentro, Nicolas Mahut consiguió otro récord sorprendente: el de mayor número de puntos ganados en un partido, con 502. Nadie consiguió nunca ganar tantos puntos. Ni Sampras, ni Navratilova, ni Borg, ni McEnroe, ni Federer… nadie supera a Mahut.

Son las maravillas del azar. Las sorpresas de un juego pensado para que ocurra lo normal y no lo extraordinario. Mahut y Isner consiguieron varios hitos irrepetibles y mucho más interesantes y trascendentes que ganar el torneo (que, al fin y al cabo, alguien consigue todos los años). No subirán a recoger ningún trofeo, porque su logro no estaba previsto, y ahí reside precisamente su genialidad.

Nicolas Mahut escapó de la mediocridad y consiguió sus minutos de gloria. Su foto en las portadas, su imagen en los telediarios, su nombre en los trending topics… y esta entrada en el hormiguero.

Imágenes tomadas de Wikipedia y wimbledon.org.

Actualización. Vale la pena ver este video (en inglés) sobre el partido, con un resumen de lo ocurrido y el abrazo y las palabras finales de los jugadores. Y un nuevo dato sorprendente y mágico: el partido pudo haber acabado mucho antes; hubo hasta 5 bolas de partido y todas del lado de Isner. Mahut se defendió durante horas, para acabar perdiendo el partido y ganando la inmortalidad.

Seguramente mis alumnos/as de 3º de ESO (a quienes nombro porque sé que leen este blog) no saben que antes del mundial de fútbol de México de 1986 no se hacía la ola en los estadios de fútbol. La ola empezó entonces como muchos recordamos; ellos no pueden, porque no habían nacido. Viene al caso este comentario, porque sin duda el mundial de Sudáfrica de este año será recordado por algo parecido: las pertinaces vuvuzelas.

Me encantan las vuvuzelas. No quiero que las prohíban. Quiero que se recuerde este mundial por ese sonido de fondo que se escucha en cada partido. Porque las imágenes de los partidos de fútbol son muy similares, pero las de este mundial llevan un zumbido de fondo que las hará inconfundibles para siempre.

Me gustan las vuvuzelas. Porque son el sonido del público. El sonido de la multitud. Una sola vuvuzela nunca se oiría en nuestros televisores. Es la contribución solidaria de miles de almas lo que oímos a miles de quilómetros, desde la comodidad de nuestros sillones europeos.

Me gustan las vuvuzelas porque son ruido sin ningún sentido. ¿Para qué sirve hacer ruido? Para nada, y para todo. Para que el mundo sepa que ahí está África, ese continente olvidado donde la gente tiene la piel negra y disfruta haciendo ruido. Que protesten los periodistas; que protesten Cristiano Ronaldo y Leo Messi; que proteste el mundo bienpensante al que este zumbido insistente pone nervioso. Esto es Sudáfrica y aquí los partidos son así; es el precio a pagar, como el jet lag o el cambio de estación si vienes del norte.

Es más; me encantaría que la costumbre se extendiera como una moda, igual que ocurrió con la ola de México ‘86. Y que mis alumnos/as de 3º, a quienes dedico esta entrada, pudieran recordar y contar a sus hijos que vivieron el momento en que empezó a extenderse por el mundo entero el sonido de las vuvuzelas en los campos de fútbol.

Por cierto, sigue este enlace a una vuvuzela virtual, para poder hacer ruido desde tu propia casa. O cómprate una barata en eBay.

Imagen tomada de Wikimedia Commons.

Lo que viene a continuación lo había escrito en el muro de M. uno de mis “amigos” en FaceBook. En vez de publicarlo lo he cortado y lo voy a pegar aquí. En estos momentos no tengo ganas de regalarle mis frases a FaceBook.

Tengo una creciente sensación de que las redes sociales están acabando con los blogs. El CiberGrano ha dejado de tener sentido; la información y las ideas se comparten en pequeñas dosis, y sólo entre “amigos”.

Me da rabia, me encantaba escribir en el hormiguero, pero cada vez da más pereza. Me gustaba expresarme en un medio libre y abierto. Aquí todo lo que publicas puede ser reutilizado y vendido por los dueños de este cotarro.

Nunca habría sabido que hoy es tu cumpleaños si no por FaceBook. Es una información aparentemente inocua, que permite estrechar lazos entre las personas. En realidad lo que a FaceBook (o a las empresas clientes de FaceBook) les interesa es vender, y una fecha de cumpleaños es una joya para eso.

Pero claro… ¿quién te va a felicitar si no facilitas tu fecha de cumpleaños? Tu lista de amigos no crece si no aportas información personal para que otros/as te encuentren. Inventarte un alter ego no es divertido, acaba aburriendo. Lo que hace especial el uso este medio es que las personas se manifiesten con la mayor sinceridad. Y eso es precisamente lo que más interesa a quienes quieren vendernos algo. Y si no te lo vende FaceBook te lo venderán quienes compren tus datos a FaceBook.

Por cierto, felicidades. Que tengas un buen día.

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