Música


Horn II by Daniel Muñoz

Se llama Daniel, es de Valencia (España) y tiene 20 años. Tenemos en común una pequeña pasión, pero nunca lo habríamos sabido de no ser por Internet. Él encontró La Luna Rosa y este hormiguero, y a través de comentarios y e-mails nos conocimos. Gracias a la magia de la Red, Daniel se puso en contacto conmigo y compartimos nuestra afición común: las canciones de Nick Drake.

Dani me contó que tocaba la guitarra y cantaba temas de Nick Drake. Después me mandó algunas grabaciones y para mí fue muy sorprendente escucharlas. Llevo años oyendo hablar de grupos e intérpretes que beben de la música de Nick Drake y suenan supuestamente “parecido”: Tindersticks, Belle and Sebastian, Elliott Smith, Iron & Wine, Mojave 3, Ola Podrida… Los he ido escuchando pero ni vagamente me recordaban a Nick.

Hasta que escuché los mp3’s de Daniel Muñoz. Ahí estaba Nick Drake. Ahí estaban los punteos de guitarra, la voz melancólica, ese clima intimista y brumoso de sus canciones, esa atmósfera inconfundible. Dani no es un virtuoso, pero tiene una pasión y una guitarra. Y eso da para mucho si tienes 20 años.

Daphne by Daniel Muñoz

Daniel estuvo en invierno visitando Tanworth-In-Arden, el mítico pueblo de Nick Drake. Una obligada peregrinación, tras la cual decidió que era el momento de empezar a hacer su propia música. Así que pensé que este blog podía ser un buen sitio para publicar estas primeras grabaciones. Personalmente, me siguen resultando lo más parecido a Drake que he oído. Con el tiempo, Daniel evolucionará, pero desde luego en su música está la huella inconfundible de nuestro ídolo común.

Sigue tocando, Dani.

Danzey II by Daniel Muñoz

Tiene 55 años, incipiente calvicie y aspecto de abuelito escocés. ¿Es posible que alguien así se ponga un trasnochado uniforme de colegial y se suba a un escenario a hacer travesuras sin parecer totalmente patético? Sí, es posible, y además resulta tierno y entrañable, a la vez que perverso y salvaje.

Porque ese tipo se llama Angus Young y lo suyo es único, irrepetible y ya legendario. Y porque en el escenario le acompañan su grupo, AC/DC, y su Gibson SG.

Estuve con Meli en el concierto que AC/DC dieron en Sevilla el pasado sábado. Perdí la cámara de fotos y mi amor me clavó un cuerno en un ojo, así que he tardado días en poder escribir, y cuando lo hago no tengo fotos que publicar… Sí, soy la monda, lo reconozco.

El concierto fue un gustazo para quienes seguimos al grupo desde hace décadas. No quería morirme sin ver a Angus Young tocando el solo de “You Shook Me All Night Long”, una canción mítica en mi vida. No faltó “Hell Ain’t A Bad Place To Be”, que siempre me recordará a los años en que empezaba a compartir música con mis hermanas, Paula y Ariana. Ni “Hells Bells”, la canción que decidí hace años que sonaría en mi funeral para ahuyentar a curas y monjas. Y todos los clasicazos que uno pueda esperar, acabando con “Highway to Hell” y “For Those About To Rock” en los bises.

Sabía, por vídeos, que en directo AC/DC eran Angus y cuatro más, pero no hasta qué punto. Angus acapara toda la atención, muy por encima de Brian Johnson, el vocalista del grupo; un tipo simpático pero mucho menos carismático. Los otros tres componentes, incluído Malcolm, el hermano mayor de Angus, dan alma a los temas pero están de adorno. La puesta en escena gira en torno a Angus; él tiene sus plataformas elevadas para ser admirado, él monta su ya casi rancio numerito de strip-tease, él tiene su solo protagonista de un cuarto de hora, en el que su guitarra acaba dialogando con el público. Él es el chamán, el mago de la tribu, el encantador de serpientes. Con los años sus gestos se han vuelto casi automáticos: el paso de pato, el temblor de piernas, el cabeceo permanente. Son señas de identidad inconfundibles. Pero ya más pausadas. Ya es un gamberro casi de la tercera edad. Una peculiar mezcla de Guillermo el Travieso con el abuelito de Heidi, sin dejar de ser Angus Young. Porque Angus es la estrella indiscutible.

Imagen tomada de Wikipedia, la enciclopedia libre.

Con el alma ansiosa de ruido; esta noche bajaremos al infierno.

Siempre he dicho que eran el mejor grupo de rock’n roll de todos los tiempos, porque lo llevaron su máxima expresión. Por eso mi casa tiene una calle (bueno, el pasillo) dedicada a ellos:

Esta noche tocan en Sevilla. Y promete ser un pedazo de concierto, con un repertorio muy parecido a esto:

  1. Rock N’ Roll Train 
  2. Hell Ain’t a Bad Place to Be 
  3. Back in Black 
  4. Big Jack 
  5. Dirty Deeds Done Dirt Cheap 
  6. Shot Down in Flames 
  7. Thunderstruck 
  8. Black Ice 
  9. The Jack 
  10. Hells Bells 
  11. Shoot to Thrill 
  12. War Machine 
  13. High Voltage 
  14. You Shook Me All Night Long 
  15. T.N.T. 
  16. Whole Lotta Rosie 
  17. Let There Be Rock
    Bises:
  18. Highway to Hell 
  19. For Those About to Rock (We Salute You)

Allí estaremos.

Seguramente mis alumnos/as de 3º de ESO (a quienes nombro porque sé que leen este blog) no saben que antes del mundial de fútbol de México de 1986 no se hacía la ola en los estadios de fútbol. La ola empezó entonces como muchos recordamos; ellos no pueden, porque no habían nacido. Viene al caso este comentario, porque sin duda el mundial de Sudáfrica de este año será recordado por algo parecido: las pertinaces vuvuzelas.

Me encantan las vuvuzelas. No quiero que las prohíban. Quiero que se recuerde este mundial por ese sonido de fondo que se escucha en cada partido. Porque las imágenes de los partidos de fútbol son muy similares, pero las de este mundial llevan un zumbido de fondo que las hará inconfundibles para siempre.

Me gustan las vuvuzelas. Porque son el sonido del público. El sonido de la multitud. Una sola vuvuzela nunca se oiría en nuestros televisores. Es la contribución solidaria de miles de almas lo que oímos a miles de quilómetros, desde la comodidad de nuestros sillones europeos.

Me gustan las vuvuzelas porque son ruido sin ningún sentido. ¿Para qué sirve hacer ruido? Para nada, y para todo. Para que el mundo sepa que ahí está África, ese continente olvidado donde la gente tiene la piel negra y disfruta haciendo ruido. Que protesten los periodistas; que protesten Cristiano Ronaldo y Leo Messi; que proteste el mundo bienpensante al que este zumbido insistente pone nervioso. Esto es Sudáfrica y aquí los partidos son así; es el precio a pagar, como el jet lag o el cambio de estación si vienes del norte.

Es más; me encantaría que la costumbre se extendiera como una moda, igual que ocurrió con la ola de México ‘86. Y que mis alumnos/as de 3º, a quienes dedico esta entrada, pudieran recordar y contar a sus hijos que vivieron el momento en que empezó a extenderse por el mundo entero el sonido de las vuvuzelas en los campos de fútbol.

Por cierto, sigue este enlace a una vuvuzela virtual, para poder hacer ruido desde tu propia casa. O cómprate una barata en eBay.

Imagen tomada de Wikimedia Commons.

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