Los seres humanos somos tremendamente egocéntricos. Pensamos que todo gira en torno a nuestras acciones. Escribimos la Historia basándonos en reyes, gobiernos, batallas, descubrimientos… Consideramos nuestros actos como causa y fin de todas las cosas importantes. En realidad no somos tan poderosos. Ni siquiera cargarnos el clima del Planeta nos está resultando sencillo (y eso que estamos demostrando mucha mayor eficacia para cambiar el clima que para ponernos de acuerdo en dejar de hacerlo).

El pasado día 12 de enero la Naturaleza hizo de las suyas en Haití. Y actuó de la única forma que “sabe” hacerlo: la más azarosa y caótica. Así vino a demostrarnos, una vez más, nuestra visceral soberbia, y lo pequeños que somos frente a ella. Recuerdo haber pensado esto mismo en la mañana el mediodía del 1 de enero de 2000, cuando subí la persiana y vi que el sol seguía allá arriba, el cielo y el mar azules y los pájaros volando y cantando como siempre. Hacía un bonito día en Punta Umbría y a la Naturaleza, por supuesto, le había importado una mierda nuestro cacareado efecto 2000.

No somos nada.

Puerto Príncipe, la capital de Haití, era una ciudad de unos 900000 habitantes. Desde hace 5 días es otra cosa. Un alto porcentaje (¿70?, ¿90?) de sus endebles edificios ha dejado de existir. Ya no hay manzanas ni calles. Ahora hay escombros y cadáveres. Quienes han quedado con vida no tienen un techo bajo el que cobijarse. La ONU ha declarado que es la peor catástrofe a la que se ha enfrentado desde el punto de vista de la asistencia humanitaria.

La Naturaleza ha actuado; ahora es el turno de las personas.

Haití es el país con menor renta per cápita de América. El 70% de su población vive en la pobreza. El 95 % de los haitianos son de ascendencia africana; es un trozo de África traído al Caribe. La causa principal del empobrecimiento del territorio es la explotación forestal excesiva, que ha producido que el suelo sea estéril. Y nada de esto es culpa de la Naturaleza.

Es el turno de las personas: www.ayudahaiti.es

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