No soy persona de costumbres ni tradiciones; muy pocas cosas hay que haga todas las veces y desde siempre. Este hormiguero tenía una única tradición anual, la de celebrar con alegría la llegada de los girasoles, preludio de buen tiempo, verano y vacaciones.

Este año llegaron como siempre y esta vez posé junto a ellos para la foto. La ocasión lo merecía: era mi despedida. Alguien dirá que soy un culo de mal asiento, o tal vez, por el contrario, que por fin este hormigo va a sentar la cabeza. Si los campos de girasoles tuvieran ruedas me los llevaría conmigo. Hay tantas cosas que deberían tener ruedas…

Decía Dante que el amor mueve el Sol y las demás estrellas. Seguramente no sabía mucho de astronomía y bastante de amor. Mi deriva sideral me lleva a una nueva constelación. Las estrellas somos así, fugaces y caprichosas, y buscamos el calorcito del centro de la galaxia.

Hasta siempre, girasoles. No dejéis de alegrar el día a futuros transeúntes.

Por cierto, la foto está hecha el 28 de mayo, por eso llevo en la camisa un triplete de pins.