Inicio esta entrada con la imagen que me sugirió escribirla, una viñeta del genial Forges:

Toro por qué

Cualquier aficionado a la fiesta nacional (expresión rancia, por cierto, donde las haya) argumentará rápidamente lo erróneo de la interpretación del dibujante. Dicen los expertos, basándose en estudios científicos, que el toro cuando está luchando en la plaza se encuentra haciendo algo para lo que genéticamente está muy bien dotado y no experimenta sufrimiento. Eso después de cuatro años viviendo en una dehesa, donde recibe todo tipo de cuidados alimenticios, sanitarios, etc., en plena libertad. Si a eso le unimos las bien conocidas cualidades estéticas del arte del toreo y el hecho de que sea una tradición hondamente arraigada en nuestra cultura, sin duda hay argumentos de sobra para desestimar la absurda lágrima del bóvido.

De acuerdo, es un arte largamente ensalzado. Pero a mí me pasa como a Forges (o a Muñoz Molina): que no entiendo esta fiesta. ¿Es algo parecido a cuando no entiendes el expresionismo abstracto? Tal vez, pero con un ingrediente añadido, porque normalmente el expresionismo abstracto no provoca repulsa, pesadumbre, horror o vergüenza de haber nacido en tu país.

Siempre me ha parecido inadecuadas las manifestaciones artística en las que la estética y la ética no van de la mano. No sé si los toros deberían estar prohibidos, supongo que no, pero no acabo de encontrar la diferencia con las peleas de gallos o de perros, que sí lo están en nuestro país.

Sí, es una tradición, y es muy nuestra, y por ella se nos conoce e identifica, pero yo soy tan español como José Tomás y a mí no me hace ninguna ilusión que me identifiquen con la costumbre de torturar animales. Es un signo de grandeza respetar y preservar la propia cultura, pero también lo es eliminar de ella lo que no la dignifica. Seguramente es por esa razón que dejaron de llenar de leones y gladiadores el Coliseo de Roma.

Y no seguiré añadiendo opiniones que, al fin y al cabo, a unos parecerán obviedades y a otros simples síntomas de ignorancia. Necesitaba un texto para la viñeta y ya me he extendido demasiado.

Aquí escribe un español que no entiende la fiesta de los toros, ni se siente orgulloso de ella, ni le gusta que se subvencione con sus impuestos. Y que, como el toro de Forges, se pregunta por qué…  ¿Por qué no le dieron una oreja de José Tomás al toro que lo mandó el domingo a la enfermería?