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Para la luz de la mañana y los buenos presagios nos dio la Naturaleza los besos, las caricias y el amor. Para las noches de lluvia, como ésta, aprendimos a protegernos inventando la poesía. O lo que sea.

Abril llora detrás de mi ventana. Es un consuelo saber que el cielo me comprende, que el viento y yo soplamos al unísono. De vez en cuando para la lluvia, y yo, también, aprovecho para respirar. Dirán los científicos que la lluvia limpia la atmósfera, así que confío en tener mi parte equivalente de alivio para la mierda de mis fábricas.

Dicen que hay flamencos que llegan a estas marismas volando varias horas, en un recorrido de cientos de quilómetros. ¿Alguien comprende por qué lo hacen? ¿Tiene sentido un viaje tan largo? ¿Hay redención para la estupidez?

Lo de los salmones sí que tiene delito. Remontan los ríos para procrear. ¿Inventó el amor un poeta maldito? ¿Puede haber algo más absurdamente romántico que ese viaje a contracorriente para dejar tu descendencia y jamás volverla a ver?

Creerá el poeta que su pena es grande, pero sólo el flamenco y el salmón saben apreciar el sufrimiento de la distancia. Soñará el bardo con cantar la oda más melancólica, pero los pájaros lloran sus trinos al amanecer mucho después de que él se haya dormido. Y así continuaremos, fabricando afanes y anhelos, tratando desesperadamente de desprendernos de lo simple en una vana ilusión por alcanzar algo sublime… que ha estado desde siempre subido en los árboles.

Todas las personas estamos asustadas.

Confío poco en mi inteligencia, en ese disfraz inédito de humanidad que utilizamos para esconder nuestros temores. Debería, se me ocurre desde dentro de esta moderna guarida 2.0, desatar la locura del flamenco, del salmón y del viento de abril, para hacer de la inmensidad de la distancia un senderito de flores, y llegar sin esfuerzo hasta ti, aunque sólo seas aire.