Como me ocurre a menudo, la lectura de una noticia reciente me inspira para escribir este post. Y como me ocurre también a menudo, la noticia procede del país de las maravillas, en el que todo es posible, y cuya poderosa influencia sobre nuestras vidas nos hace mirarnos siempre en él como en un espejo. Porque Irán, por ejemplo, sufre un régimen de gobierno despiadado, pero a esos sí los miramos por encima del hombro. A los Estados Unidos de América no.

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La noticia a la que me refiero reza “La silla eléctrica queda desterrada en EEUU tras prohibirse en Nebraska“. Ha sido abolida por el Tribunal Supremo de dicho estado, uno de los 36 (de 50) en que se practica la pena capital (en los demás se utiliza la inyección letal). La noticia añade: “El sello característico de una sociedad civilizada es que castigamos la crueldad sin apelar a ella”, manifestó ayer el tribunal de nueve miembros. “Las pruebas demuestran que la electrocución inflige un dolor intenso y un sufrimiento agonizante. Por lo tanto, la electrocución como método de ejecución es un castigo cruel y desusado”, añadió.

Y yo me pregunto… ¿No se habían dado cuenta hasta ahora de la crueldad de la electrocución? ¿O es que hasta hoy les parecía justo aplicar semejante castigo? Y entonces, ¿sentirán lavadas sus conciencias cuando liquiden a partir de ahora a los reos con la “compasiva” inyección letal? Compasiva y mucho más estética…

Así que me he acordado de aquella canción del genial Javier Krahe, en la que discernía sobre qué método de pena de muerte era su preferido, llegando a una conclusión irrefutable:

Sacudir con corriente alterna
reconozco que no está mal:
la silla eléctrica es moderna,
americana, funcional. […]

Pero dejadme, ay, que yo prefiera
la hoguera, la hoguera, la hoguera.
La hoguera tiene qué sé yo
que sólo lo tiene la hoguera.

Podéis encontrar la letra entera aquí, y para quien no conozca la canción he subido la versión de La Mandrágora, con coros de Joaquín Sabina y Alberto Pérez.