Siendo yo muy joven, hace ya años, estaba una noche de marcha en un tugurio del casco antiguo de Zaragoza y había por ahí un tipo que tocaba una guitarra española. Admirado por su arte, el poeta que hay en mí le dijo: “qué envidia me das; yo llevo tiempo peleándome con mi guitarra pero no consigo sacar de ella los sonidos que hay en mi cabeza”. Él me respondió: “es que con la guitarra no hay que pelear, hay que hacerle el amor“.

Pasó el tiempo y el poeta siguió aspirando a ser guitarrista. Tuvo épocas felices, de bonitos logros y grandes experiencias, especialmente aquella en que compartió sus horas de ensayos con “Los Susodichos”, y llegó a creer por momentos que la vida era fácil y la noche era rock’n roll.

Pero no hubo suerte en ese matrimonio del poeta con su guitarra, o tal vez le salieron otras amantes a las que quiso mucho más. Aparqué mis guitarras en un rincón de la habitación de invitados mientras sentía que mi sueño de ser guitarrista iba a desvanecerse como otros.

Guitarra

Con los años descubres que envejecer consiste esencialmente en aceptar tu destino de ser mortal e intrascendente. En aceptar tus limitaciones y no dejar por ello de admirarte de tus capacidades. Hace unos días el poeta desenfundó de nuevo su vieja guitarra española. La encontró casi afinada, como esperándole todavía. Nunca será un guitarrista, pero se divierte tocándola y le suena mejor que nunca. Y creo que por fin me estoy enamorando de ella.

Foto de Vodoo, publicada en Flickr con licencia Creative Commons.