Me obligo a escribir esto, porque llevo días sin contribuir a este hormiguero, cuando termina lo que yo suelo llamar un día frontera. Los días frontera son esos en los que pasamos los seres humanos de una forma de vida a otra radicalmente diferente, algo que siempre he pensado que no es nada bueno para la salud mental, pero nos ocurre varias veces al año desde que se inventaron las vacaciones.

Hay dos tipos de días frontera: los buenos y los malos. El 21 de diciembre fue uno de los buenos. Es un día lectivo, sí, un día de trabajo. Pero lo vives con alegría, ilusión, esperanza, incluso euforia. Comienzan las vacaciones de navidad.

Y el 7 de enero es el día frontera malo. Es un día de vacaciones, desde luego, pero tiene el sabor amargo de un triste presagio. Recuerdo aquellas lúgubres tardes de 7 de enero, llegando al colegio mayor o al piso de estudiantes con tu triste maleta y la cabeza llena de pesarosos augurios. Te reencontrabas con los compañeros, que siempre contaban historias de sus vacaciones de las que deducías que se habían emborrachado y/o ligado mucho más que tú.

Yo solía decir que el peor momento del año es cuando te suena el despertador en la mañana del 8 de enero. Pero esta tarde del 7, del día frontera, produce una agonía bastante más profunda y prolongada.

Bueno, tengo algunas historias buenas para traer al blog sobre algunos sitios que visité en estas vacaciones. De ellas se deduce que sigo sin dedicar la navidad a ligar ni a emborracharme (bueno, esto un poco), pero que he visitado algunos sitios bonitos. Que nos sea leve la vuelta al curro, y feliz 2008 para todos y todas.