He visto últimamente dos películas cuyo final me motivó a escribir esta entrada. Una es la danesa En tus manos (2004), un drama ambientado en una cárcel de mujeres, y la otra la norteamericana Juegos secretos (2006), que tuvo tres nominaciones a los Oscar, una de ellas por el mejor guión adaptado.

En tus manosLas dos tratan temas como la debilidad humana, la pasión, la traición, la culpa o la búsqueda de redención. Y aunque no diré más sobre ellas, porque no es de eso de lo que quiero hablar, ambas me parecen muy recomendables. Me centraré, sin embargo, en lo que las hizo diferentes en mi ánimo al terminar de verlas: una (no diré cuál) tiene un final innecesariamente cruel y la otra acaba con un sorprendente giro al optimismo, a la esperanza.

Juegos secretosSiempre he pensado que cuando alguien hace una creación artística, una obra ofrecida al público, tiene -aparte de un fin económico y un propósito de entretener o comunicar- cierta obligación moral hacia sus destinatarios. Que en el mensaje que se lanza al resto de la humanidad, en ese brindis al sol y a la posteridad, la estética y la ética (o como quieran llamarse) deberían ir juntas, al unísono. Lo contrario es, en mi opinión, una irresponsabilidad, un acto de auténtico mal gusto.

Por eso me gustan las películas que acaban bien, las que te dejan en paz con su mensaje optimista. No me refiero a finales ñoños de película de Walt Disney; quiero decir que cuando la pelota bota en lo alto de la red el golpe ya está dado, y los espectadores nos merecemos que caiga del lado bueno.

Para alguien que crea en Dios, o en otra entidad suprema poseedora y adjudicataria del bien, todo es más fácil. Ellos/as pueden permitirse la frivolidad de un final despiadado; al fin y al cabo las cosas buenas residen en el más allá, y el resto son meras anécdotas. Los ateos/as lo tenemos más difícil. Creo que los actos de bondad humana son exclusivamente propiedad de las personas, y necesito saber que en una balanza pesarían más que los actos perversos.

Por eso me gustaría no tener que ser testigo de la desesperanza, de esa crueldad innecesaria… exactamente por la misma razón que preferimos que los niños no sean testigos de la pornografía o la violencia. Para un ateo como yo, cada día las personas construimos el destino de nuestra especie. Es demasiada responsabilidad como para andar lanzando miseria a las pantallas de los cines.