Noviembre 2007
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Martes, 27 Noviembre 2007
He visto últimamente dos pelÃculas cuyo final me motivó a escribir esta entrada. Una es la danesa En tus manos (2004), un drama ambientado en una cárcel de mujeres, y la otra la norteamericana Juegos secretos (2006), que tuvo tres nominaciones a los Oscar, una de ellas por el mejor guión adaptado.
Las dos tratan temas como la debilidad humana, la pasión, la traición, la culpa o la búsqueda de redención. Y aunque no diré más sobre ellas, porque no es de eso de lo que quiero hablar, ambas me parecen muy recomendables. Me centraré, sin embargo, en lo que las hizo diferentes en mi ánimo al terminar de verlas: una (no diré cuál) tiene un final innecesariamente cruel y la otra acaba con un sorprendente giro al optimismo, a la esperanza.
Siempre he pensado que cuando alguien hace una creación artÃstica, una obra ofrecida al público, tiene -aparte de un fin económico y un propósito de entretener o comunicar- cierta obligación moral hacia sus destinatarios. Que en el mensaje que se lanza al resto de la humanidad, en ese brindis al sol y a la posteridad, la estética y la ética (o como quieran llamarse) deberÃan ir juntas, al unÃsono. Lo contrario es, en mi opinión, una irresponsabilidad, un acto de auténtico mal gusto.
Por eso me gustan las pelÃculas que acaban bien, las que te dejan en paz con su mensaje optimista. No me refiero a finales ñoños de pelÃcula de Walt Disney; quiero decir que cuando la pelota bota en lo alto de la red el golpe ya está dado, y los espectadores nos merecemos que caiga del lado bueno.
Para alguien que crea en Dios, o en otra entidad suprema poseedora y adjudicataria del bien, todo es más fácil. Ellos/as pueden permitirse la frivolidad de un final despiadado; al fin y al cabo las cosas buenas residen en el más allá, y el resto son meras anécdotas. Los ateos/as lo tenemos más difÃcil. Creo que los actos de bondad humana son exclusivamente propiedad de las personas, y necesito saber que en una balanza pesarÃan más que los actos perversos.
Por eso me gustarÃa no tener que ser testigo de la desesperanza, de esa crueldad innecesaria… exactamente por la misma razón que preferimos que los niños no sean testigos de la pornografÃa o la violencia. Para un ateo como yo, cada dÃa las personas construimos el destino de nuestra especie. Es demasiada responsabilidad como para andar lanzando miseria a las pantallas de los cines.
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Esta entrada es una continuación de la anterior, en la que empecé a explicar mis razones para comprar un MacBook de Apple. SÃ, es un ordenador de diseño y superpijo, pero vale lo que cuesta.
Veamos. Cuando me planteé comprar un nuevo portátil tenÃa dos prioridades:
- Que fuera pequeño (de unas 12 pulgadas de pantalla)
- Que se pudiera instalar en él Ubuntu GNU/Linux
Si estos dos requisitos eran peculiares por separado, unirlos ya fue la leche. Encontré un Packard Bell de 12” muy barato y me dejaron meterle el LiveCD de Ubuntu para probarlo… pero no funcionó el sonido y leà en la red que era un problema sin resolver de momento. TenÃa este wiki como referencia para saber en qué equipos se podÃa instalar Ubuntu sin problemas. Asà llegué a encontrar dos modelos que cumplÃan mis dos condiciones, un Toshiba (creo recordar) y un HP (me parece). Lo que sà recuerdo perfectamente es que el precio de estos dos equipos rondaba los 1600€ (!).

¿O sea, que me tenÃa que gastar 1600€ por un ordenador al que además tenÃa que quitarle el maldito Windows Vista a riesgo de perder la garantÃa? HabÃa decidido prescindir de las 12 pulgadas y comprarme otro equipo más grande y barato cuando, estando en el Congreso de Educared, en Madrid, tuve la ocasión de probar un pequeño MacBook y se me encendió la bombilla. “Maldita sea, ¡esto es lo que yo andaba buscando!”, pensé. Sucumbà a la estética y al diseño, al cuidado exquisito en todos los detalles, y, como ya expliqué en el post anterior, a un sistema operativo sencillamente especial.
Antes de decidirme a comprarlo tenÃa que asegurarme de que el MacBook soportarÃa Ubuntu. Hay mucho escrito por la red al respecto pero no parecÃa una tarea del todo fácil. Además, ¿quién tiene algún amigo, vecino, conocido o primo lejano que sea maquero y ubuntero a la vez para que pueda ayudarle??? Vaya, yo sà lo tenÃa, mi cuñado Fernando. Lo llamé y me aseguró que ubuntearÃamos el MacBook.
Mi MacBook cuesta 1199€, pero a profesores/as y estudiantes nos hacen un 6% de descuento. Por cierto, a mà me lo han hecho sin pedirme nada que justifique que soy profe, asà que supongo que se lo harán a todo el mundo. Es el ordenador más bonito que he tenido, tiene un tamaño bastante reducido con su pantalla panorámica de 13.3”. Y aunque me encanta el Mac OS X Leopard, le he instalado también Ubuntu, lo cual ha sido un reto maravilloso sobre el que escribiré en breve.
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Sábado, 24 Noviembre 2007
Escribo mi primer post desde Ubuntu GNU/Linux instalado en mi nuevo MacBook (ordenador portátil de Apple). Y pretendo explicar (aún a riesgo de que no le interese a nadie) el porqué de esta elección, lo cual no es trivial teniendo en cuenta que se pueden encontrar portátiles de similares caracterÃsticas por varios cientos de euros menos. Lo cierto es que, después de varias semanas buscando un portátil, me dejé seducir -como Adán y Blancanieves- por el poder de la manzana, y para ello hubo muchas razones, unas objetivas y otras no tanto.

La primera razón sà es un poco subjetiva: es el único portátil del mercado que no te venden con Windows Vista preinstalado. Me pasa con los sistemas operativos como con los equipos de fútbol. Uno empieza siendo aficionado al Barça y con el tiempo acaba siendo más antimadridista que barcelonista. Pues lo mismo. Uno empieza probando Linux y con el tiempo acabas siendo más anti-windows que linuxero.
Pero es que hay motivos para ello. Toda la gente que conozco que se ha comprado un portátil en los últimos meses (y es mucha, incluidos quienes protestaban amargamente en mis visitas a las tiendas de ordenadores) están deseando volver a Windows XP. Que si el sistema va muy lento, que si no se conecta el wi-fi, que si todo está muy cambiado. Un conocido que tiene una tienda de ordenadores me dijo hace poco que existe una escala de 1 a 5 que mide lo adaptado que está un ordenador para soportar Windows Vista. “Y los que yo estoy vendiendo dan un 2.5 o un 3 como máximo”, me dijo.
Pero es que eso no es todo. Encontré un clónico que venÃa sin sistema operativo preinstalado… pero traÃa una BIOS que habÃa que cambiar si no ibas a usar Windows Vista. Y aún hay más. Hay muchas marcas que te anulan la garantÃa del equipo si eliminas Windows Vista. Es decir, los compradores/as están obligados a usar un sistema operativo que no funciona ágil en la mayorÃa de los equipos (vienen con 1Gb de RAM y Vista se arrastra con menos de 2) y da muchos errores con el hardware actual (y no digamos con el no tan actual).

Mi primer ordenador, el que me regaló mi abuela cuando trataba de leer el Quijote, era un Apple Macintosh Classic. Me enamoré de aquel sistema operativo de ratón y ventanas, que no existÃa en los PC’s. Sólo las circunstancias me obligaron a cambiarme a Windows, pero el Mac OS ha seguido siendo el sistema operativo más sencillo y usable que se ha inventado. Soy linuxero, pero GNU/Linux es un reto fascinante, y Mac OS una realidad. Me encanta mi Ubuntu, pero me harto de reÃr haciéndome fotos distorsionadas con David con Photo Booth en la cámara del MacBook (que en Ubuntu aún no me funciona).
Tengo más razones para haber optado por un MacBook; las dejo para un próximo post, que leer tanto seguido cansa.
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Miércoles, 21 Noviembre 2007
He estado esta tarde con Carlos y Dolo en la Universidad de Huelva en una charla de Quino, el dibujante argentino mundialmente famoso gracias a su personaje de Mafalda.

A sus 75 años Quino inspira respeto y admiración, y sus palabras transmiten paz y sabidurÃa según van saliendo de detrás de su actitud tÃmida y discreta. Nos ha hablado de su ascendencia española, de sus inicios como dibujante, de Argentina, de la censura, de la guerra y, por supuesto, de Mafalda y sus amigos. Era emocionante escuchar de primera mano de dónde habÃa salido ese universo de personajes entrañables que todos hemos conocido desde niños. De sus palabras puede deducirse que en todos ellos ponÃa algo de sà mismo, aunque parece identificarse especialmente con Felipe.

A la salida nos hemos acercado para saludarle, que nos firmara libros y a hacernos algunas fotos junto a él. Y nos ha ocurrido una bonita anéctoda. De pronto he encontrado una bufanda gris a mis pies (algo tiene de bueno ir siempre mirando al suelo). La he levantado preguntando de quién era. No aparecÃa el dueño. Al rato, en la calle, cuando Quino ya subÃa al coche para marcharse, alguien ha dicho que el dibujante habÃa perdido su bufanda. ¡Era de él! Asà que Carlos ha corrido a rescatarla del lugar donde yo la habÃa dejado, y, antes de devolverla, me han hecho esta foto con la prenda de nuestro personaje:

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Domingo, 18 Noviembre 2007
HacÃa tiempo que no traÃa recetas culinarias a este hormiguero, pero ésta desde luego lo merece. Es una de esas recetas aprendidas de mi madre, quien a su vez la aprendió de mi abuela (y probablemente la mejoró): conejo al chocolate.
No haré una enumeración previa de los ingredientes porque es un poco aburrido, ni de las cantidades -salvo del chocolate- porque son las que cualquiera que tenga algo de idea de hacer un guiso imaginará.
Ponemos en una cazuela con aceite de oliva un poco de cebolla, ajo, perejil, zanahoria, una hoja de laurel, tomillo, romero y un conejo troceado. Se rehoga.
Dejamos que se haga despacio, sin añadir agua, durante unos 3/4 de hora.
Se frÃe una rebanada de pan. Se machaca en el mortero el pan frito, junto con el hÃgado del conejo (que rescatamos de la cazuela) y unas 6 porciones de chocolate negro.
Ahora echamos en una sartén este mejunje recién machacado junto con el caldo de guisar el conejo y un poco de agua adicional. Se deja hervir unos instantes para que se deshaga bien el chocolate.
Y echamos ya todo a la cazuela del conejo, con un chorro de anÃs (o coñac), dejando que acabe de hacerse unos minutos. Al final se añaden unas almendras picadas (yo la última vez eché unos trocitos de castañas de la sierra y también quedó muy bien).

Sólo he comido este plato cocinado por mi madre y mi abuela (y por mà mismo). Tal vez tenga origen aragonés; mi abuela decÃa que era un guiso para liebre, para carne de caza. La salsa tiene un sabor exótico debido al chocolate, pero muy aromático y agradable. Y siempre sale bien. Delicioso.
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