Desde que hace unos meses nos entró, a Meli y a mí, la fiebre de los pájaros, la insaciable pasión por la ornitología… vamos, la afición a salir al campo a observar aves, la focha común es seguramente nuestra especie más frecuentada. En cualquier laguna, marisma, humedal, canal o casi charco te encuentras a esta especie de gallina acuática. De hecho, hasta que la cambie, hay una decorando la cabecera de este blog. Es un ave negra con el pico y la frente (el escudete) blancos.

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Pero la frecuente focha común tiene una hermana mucho menos habitual: la focha moruna (o cornuda). Aparte de otros pequeños detalles, la focha moruna (Fulica cristata) se diferencia de la común (Fulica atra) sólo en dos pequeñas protuberancias rojas que rematan la placa frontal blanca, en lo alto de la cabeza. Lo cierto es que puedes ver cientos y cientos de fochas sin encontrarte con una moruna. Hay muy muy pocas y están en peligro de extinción.

Me acostumbré, desde el principio, a buscar en las cabezas de las fochas esas marcas distintivas que convirtieran algo normal en un acontecimiento, tal vez confirmando que hay aves capaces de alegrarte el día, como cuando de pequeño conseguías para tu colección un cromo de los difíciles.

El domingo pasado, junto al centro de visitantes del Parque Natural de Marismas del Odiel, vimos por fin una focha moruna. Fue un feliz hallazgo cuando casi anochecía, todo un descubrimiento. Ella ni se enteró de nuestro extraordinario interés en su presencia. Se limitó a seguir nadando, igual que lo hacían todas las demás, a las que ni mirábamos por ser “comunes”. Fue una magnífica estupidez, eran los bultos rojos más absurdos que he visto en mi vida, capaces de hacerme sentir que estaba viviendo algo muy especial.

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Hoy me han contado que esa focha es descendiente de una pareja que fue introducida en ese lugar para reproducirse, lo que la hace un poco “doméstica” y menos interesante de encontrar. Pero bueno. En Andalucía sólo hay unas decenas de representantes de su especia. Y ella es uno de ellos.

Este post está dedicado a Ariana y Aurelio. Gracias a ellos los pájaros se han convertido en pequeñas sorpresas, misterios y alegrías.

Imágenes tomadas de aquí y de aquí.