Fito y Fitipaldis – Me equivocaría otra vez

Simón era mano; miró sus cartas. Caballo, sota, seis y cinco de dadas. Se dio un osado mus negro, exponiéndose a tener que tirarlas. El turno pasó por Javier y Mariano, y llegó hasta Pablo, que hablaba el último.

- No hay mus. Habla, Simón – dijo.

Nadie envidó a grande. “¿Será posible que haya cortado con juego?”, pensaba Simón. La chica quedó al paso y sólo Pablo tenía pares. Llegaron al juego: juego sí, juego no, no… ¡sí!

Hay veces en que la vida te da oportunidades como ésta. La gloria al alcance de la mano. Simón tenía que disimular su excitación. Pasó y cruzó los dedos. Y la gloria llegó:

- Cinco envido – dijo Pablo.

Cinco piedras era buen premio, pero la gloria debía ser plena. ¿Quién podía pensar que el mediocre de Simón se hubiera dado mus de dadas con 31? Echó un tímido órdago, disimulando su excitación. Y la respuesta de Pablo fue triunfal:

- ¡Quiero!

Simón explotó. Miró a Mariano, su compañero, y le enseñó, antes que a nadie, sus cartas, lanzándolas sobre la mesa. Pero el rostro realmente triunfante era el de Pablo, su contrincante. Con feliz parsimonia mostró su jugada: tres sietes con la sota de espadas… la chica más guapa de la baraja.

Treinta y una “La Real”, que gana a la mano. Acariciar la gloria para acabar siendo víctima del más amargo de los fracasos. Así de fugaz fue la suerte de Simón. Así es la fortuna, traidora e incomprensible.

Simón lanzó un juramento, golpeó la mesa, tiró dos cafés y resopló su mal fario. Detrás de la barra del bar, Ismael puso música para perdedores, como la que ahora suena. Y Simón comprendió lo puta que es la vida, y que el juego y la música sirven, seguramente, para las mismas cosas.

La canción es del último álbum de Fito y Fitipaldis, y no tengo permiso para publicarla.