Escuché hace unos días en la radio que el 70% de los niños/as españoles desea como regalo navideño un videojuego (fundamentalmente las famosas consolas PS2, Xbox 360 y Wii).

Precisamente el día anterior había estado hablando de ese tema con un compañero, profesor de informática. Él se quejaba de que los niños y niñas ya no juegan en la calle, de que cada vez se tiende más al aislamiento, al juego individual y sedentario, etc.

Le expresé mi opinión, que es más o menos lo que pretendo hacer ahora en estas líneas. Es cierto que las calles están progresivamente más vacías de niños/as, especialmente en las ciudades. La escasez de zonas seguras para jugar y el miedo de sus padres y madres al tráfico o a que alguien pueda hacerles daño influyen en ello. Pero también, sin duda, la tele, con su colección creciente de canales llenos de programas embrutecedores y, desde luego, los videojuegos.

Los videojuegos producen en los niños una fascinación con la que es difícil competir. Poder meterse en un mundo virtual en el que vivir aventuras fabulosas, o competir en una liga imaginaria manejando a las estrellas de su deporte favorito es, para ellos, más apasionante que intentar emular esas sensaciones en el mundo real. Quiero decir, los niños y niñas juegan a lo mismo de siempre, a recrear mundos virtuales en los que son y hacen lo que les gustaría ser y hacer. Pero la tecnología les facilita la ilusión de que las cosas ocurren realmente.

Alguien dirá que para todo eso debería bastar con la imaginación, que es bueno correr y moverse, que la pantalla cuadricula las cabezas y que es mucho más saludable física y mentalmente jugar al aire libre como antes. Vale. Tal vez. Pero la batalla está ya perdida, y la opción inteligente, el “voto útil”, parece que en este caso es optar por asumirlo y contar con ello. La tecnología está aquí para quedarse, nuestras casas se han llenado ya de cables, pantallas y botones. Creo que lo eficaz es aprovechar ese impulso en lugar de empeñarse en nadar contra corriente.

Aunque hay matices. Una videoconsola se puede usar para muchas cosas. Hay juegos colectivos, que requieren incluso ejercicio físico, como los que usan cámaras que captan el movimiento. Pueden ser divertidos y socializantes (siempre y cuando el vecino de debajo no esté durmiendo la siesta al mismo tiempo). Hay otros que requieren imaginación e ingenio, que son auténticos retos para la inteligencia. Juegos en los que te enfrentas a puzles, enigmas, misterios, laberintos. También promueven la colaboración, la participación de varios, son sociales. Al final el éxito es un poco de todos. Incluso hay juegos que pueden ser educativos, que pueden ayudar a aprender costumbres, historia, geografía, arte, etc. Hay juegos, en definitiva, a los que no me importaría que un hijo (o hija) mío jugase.

Y hay otros juegos terribles. Eres un individuo que se mueve por la ciudad con el objetivo de llegar al aeropuerto, para lo que dispones de tus puños que te permitirán destrozarle la cara a la gente que te encuentres a tu paso, a quienes les robarás su dinero, su vehículo o, si se descuidan, la vida. No hay problema siempre que no te alcance el coche de la policía, al que, de todas formas, siempre puedes embestir si te corta el paso. O eres una pistola andante. No está claro tu objetivo, pero los bonus de colores saltan por la pantalla cada vez que te cargas a alguien. Hay sangre y gritos. Y continuas explosiones. La muerte violenta al alcance de un botón. Son los juegos que nunca le compraría a mi hijo de 13 años (aunque lo tuviera).

Es cierto que siempre ha habido sadismo y crueldad entre la infancia. Los niños de los pueblos, por ejemplo, solían maltratar a los animales, y los de las ciudades a mendigos o personas marginadas. Eso ocurría ya antes, y personas de lo más normal recuerdan (arrepentidas) cosas así. Ahora importamos demasiadas costumbres de los Estados Unidos, de aquella sociedad enferma de violencia y puritanismo. Y algunos videojuegos superan los límites de lo asumible aún por la más salvaje de las tradiciones. La violencia se va arraigando en nuestras sociedades y no parece razonable contribuir a ella en los juegos para niños. Es inmoral, es irresponsable y es peligroso.

Hace poco descubrí que varios compañeros/as de trabajo juegan con sus consolas o las de sus niños. Eso demuestra que se trata de juegos para adultos (porque el hecho de que a mí me gustasen algunos juegos lo consideraba yo más bien un síntoma de mi infantilidad). Así que habría que tener cuidado de no ponerlos al alcance de nuestros niños/as, igual que hacemos con los cuchillos, los medicamentos o las películas porno.

En definitiva, que si los niños piden consolas a ver quién es capaz de negárselas. Es lo que hay y se puede hacer un uso sabio de ellas. La tecnología produce emociones extraordinarias, sensaciones nuevas, es nuestro logro, es el presente y -sobre todo- el futuro. Dejemos que nuestros pequeños/as disfruten de los videojuegos, que les aporten alegrías y buen rollo aunque los mantengan metidos en casa. Yo tardé decenas de años en descubrir que lo más apasionante es salir a pasear, respirar el aire del campo y ver pajaritos.