Ocurrió hace varias décadas, a una pequeña playa de la costa asturiana, que solía ser usada como vertedero. Aquella era otra época y se tenía otro respeto -menos, si cabe, que ahora- al entorno natural. Pero el mar y el tiempo se fueron encargando de modelar esos vertidos -muchos de ellos botellas de vidrio- hasta convertir la playa, esa pequeña cala encerrada entre las rocas, en una brillante alfombra de cristalitos de colores.

La playa de los cristales

Estuvimos este verano en la playa de los cristales. Caía la tarde y el sol traía una luz anaranjada que contrastaba en el suelo con el verde de los cristales. Y olía muchísimo a mar.

Playa de los cristales

Cuando llegamos la playa estaba desierta. El hallazgo de los cristales fue como un regalo. Aquel lugar escondido guardaba un tesoro inmenso, de extensión casi inabarcable. Fue inevitable empezar a recoger los cristales. ¿Cómo abandonar allí tanta riqueza? Nos pusimos los seis manos a la obra, cada cual por su lado, mostrándonos de cuando en cuando con orgullo nuestras mejores piezas: grandes, pequeñas, verdes, azules, naranjas…

Playa de los cristales

Qué fantástico descubrimiento. Me senté a mirar el mar. Podía verlo, oírlo y olerlo. Pensé en su poder, en su magnífica presencia. Al fin y al cabo aquella playa era sólo un mínimo margen en aquel mundo infinito, capaz de regalar pequeñas maravillas. Pensé en mi vida cotidiana, y supe que cuando volviera a ella iba a recordar aquel momento. Jorge caminaba por la rocas; Julio fumaba sentado a mi lado. Las chicas continuaban recolectando cristalinas. Hice algunas fotos.

Estaba anocheciendo, pero aún tardamos un rato en irnos. Al fin dejamos la playa de los cristales con los los bolsillos repletos de piedritas brillantes y la sensación de haber estado en un lugar casi inexistente.

Dedico este post a mis primos Julio y Jorge, que nos llevaron a la playa de los cristales