Oporto, la ciudad sorprendente
Sábado, 30 de septiembre de 2006
Ando despistado de este blog, con historias del verano que ya terminó pendientes. Será que prefiero pensar en agosto que en octubre.

Cuando uno utiliza un GPS para llegar a los sitios y le pide al cacharrito que le lleve al centro de una ciudad, espera encontrar allí lo más bonito, turístico, interesante, etc. de la misma. Pero mi GPS nos engañó. Habíamos cogido sitio en un camping de Oporto a media tarde y dedicamos las últimas horas de luz a ver lo que los satélites nos indicaron como el centro. Grandes avenidas, edificios monumentales, pero nos pareció una ciudad sin personalidad. Se intuía que algunas calles de aspecto más viejo podían bajar hacia el río y ofrecer un ambiente más sabroso… pero se hizo tarde y volvimos al camping.

Eso hizo la visita del día siguiente mucho más sorpresiva. Era una mañana muy luminosa, calurosa y húmeda. Estuvimos visitando la estación, con sus renombrados azulejos, y la catedral, toda de granito y con ese aspecto de fortaleza típico de algunas iglesias románicas portuguesas.

Desde la catedral vimos el río Duero y decidimos bajar. ¿Por dónde? Pues no encontramos calles para hacerlo, realmente. El desnivel era tan grande que fueron callejones de escaleras lo que nos condujo a la orilla: las Escadas do Barredo. Nos vimos encerrados en un mundo de pasadizos estrechos entre viviendas antiquísimas de colores ocres y tejados rojos. Eran callejones empinados sólo aptos para peatones, una laberíntica escalera hacia el río, que se suponía al final. Las macetas y ropa tendida daban colorido al emocionante paseo.

Pasamos bajo un túnel y de pronto volvió la luz. Ahí mismo estaba el río. La ribera era una fachada corrida de casas antiguas de colores con unos porches de granito. Y el agua muy azul con barquitos navegando. Fue de esos lugares casi únicos que se descubren de vez en cuando, en los que miras a tu alrededor y todo lo que ves es bonito.

Así que esta vez sí habíamos descubierto la esencia de Oporto. Hacía calor y teníamos que irnos. Volvimos a la parte alta por otras calles más anchas, menos empinadas, pero igualmente pintorescas. Nos quedamos con ganas de más. Otro día.
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