…hasta el sábado pasado. Fue por la noche, en los fantásticos Jardines del Generalife granadinos, con motivo del Festival Internacional de Música y Danza. Bueno, ballet, ballet no era. Era danza moderna; concretamente la compañía de Paul Taylor, un neoyorquino. Y como a mi edad hacer cosas por primera vez empieza a ser ya algo más bien excepcional, me entran ganas de contar un poco mis impresiones de profano en la materia.

Nada más llegar ya me di cuenta de que todo el mundo (excepto yo) iba vestido con sus mejores galas. Debí haberlo imaginado, a juzgar porque Meli, mi acompañante, también se había puesto cual pincel. El aroma de los perfumes caros nos acompañó mientras caminábamos hacia nuestro asiento, junto con las quejas esporádicas de algunas señoras a las que los afilados tacones les dificultaban caminar por tan accidentados senderos.

El público era más bien pureta, la verdad. En fin, que lejos del de conciertos de multitudes sudorosas, el ambiente que se respiraba era más bien parecido al de una boda fina. El entorno, increíble. Una lástima que estuviera anocheciendo. Al fondo, allá abajo, las luces de Granada.

No sabría decir si los bailarines y bailarinas lo hicieron bien. Eran complejas coreografías acompañadas por música adaptada de compositores clásicos, como Strauss y Bach. Se movían ocupando todo el escenario, a veces en grupos (de hasta 16) y otras veces solos o en parejas. Parecían expresarlo todo con sus movimientos, siempre delicados y armoniosos. Parecían dibujar la música con sus brazos y piernas. Una de las coreografías me resultó muy original, casi divertida, sorprendente. A falta de referencias más interesantes, me recordaban a aquellos capítulos de la serie Fama de mi infancia, y también a Billy Elliot, el niño que quería ser bailarín.

Pensé en el lenguaje universal que es la música. Pensé en el mestizaje cultural y de épocas: jóvenes norteamericanos del siglos XXI, bailando en unos jardines medievales de origen andalusí la música de un alemán del siglo XVIII.

El vestuario de los bailarines y bailarinas era de un tal Santo Loquasto, colaborador en más de 18 películas de Woody Allen. Ellos y ellas vestían igual. Pensé en el dimorfismo sexual, y recordé esa teoría según la cual el grado de diferencia de tamaños entre machos y hembras es un indicador de la poligamia en los primates superiores. Aquellos muchachos eran mucho más grandes que las chicas, lo que indicaría una tendencia humana a formar harenes…

Eso fue en un rato que se me fue la olla. Luego aplaudí, aplaudí mucho. Y fuimos a un pub en el que sonaban Police y ponían un video de Bon Jovi. Y allí comentamos nuestra “primera vez”.