Mis casi 20 meses blogueando me han enseñado a escribir con cuidado sobre algunos temas. Internet es un mundo demasiado amplio y duradero como para pensar que nada de lo que sale al ciberespacio pueda pasar desapercibido. Y hay muy diversas sensibilidades, todas ellas respetables para este humilde hormigo. Quiere esto decir que, aunque siempre digo aquí lo que pienso, no siempre lo digo todo, y lo que estoy a punto de escribir probablemente sea un buen ejemplo de ello.

Estuve el domingo por la tarde en la aldea de El Rocío (Huelva, España), el mítico lugar en cuya ermita se visita y venera la imagen de la patrona de Almonte. Almonte es una localidad agrícola situada a unos 15 km de El Rocío.

Cada 7 años la Virgen es trasladada a Almonte y allí pasa unos 9 meses para delicia de los almonteños y almonteñas. Pero llega el momento de la romería anual a la ermita, desde todos los lugares del planeta, y hay que devolver a la Blanca Paloma a su lugar habitual.

El Traslado tuvo lugar el pasado fin de semana. Después de procesionar largas horas con la imagen por las calles de su pueblo, los almonteños emprenden el camino con su patrona a hombros. La cubren con un capote digno de una reina para protegerla del polvo. Nosotros la vimos en el momento en que, poco antes de entrar en su aldea, la descubrían por fin entre ensordecedoras salvas de escopeta y vítores.

El gentío era impresionante. Miles y miles de ojos dirigidos a un único lugar. La Virgen del Rocío vestía de pastora (no de reina como habitualmente) para la ocasión. Realmente se trata de un traje de viaje de dama de finales del siglo XIX, al que popularmente denominan así, ya que al fin y al cabo, Rocío es la Divina Pastora y la Reina de las Marismas. Y Madre de un Dios chiquito al quien acoge entre sus delicadas manos, y al que los “vivas” llaman el Divino Pastorcito.

Al rato la comitiva, y la multitud, llegaron a la ermita y allí quedó expuesta la imagen de la Virgen del Rocío. Durante los próximos días más de un millón de personas de todos los lugares se acercarán a verla. Unos rezando, otros pidiendo, otros gritando, cantando o llorando. Será durante la anual congregación romera en la que la adoración a esta diosa, junto con la orgía de carretas, caballos, trajes, bebida, comida, música, baile, diversión y excesos, hacen de esta fiesta algo insólito y difícilmente repetible.