Nunca se me ocurriría presentarme a unas elecciones. Me considero incapaz de gobernar nada, yo que apenas gobierno mis pies. Creo que para ser un o una gobernante son necesarias unas dosis extraordinarias de optimismo, cinismo y desvergüenza.

Me gusta ver la cara amable de la moneda. Me gusta comprar en el Lidl que hay cerca de mi casa. Allí compran los rumanos y rumanas, los magrebíes, las polacas, tal vez algunos ecuatorianos, bastantes subsaharianos… Hay una mezcla fantásticas de razas e idiomas. Ellos y ellas son los triunfadores de la inmigración, porque han conseguido agarrarse a nuestros carritos de la comprar y hacer cola para pagar a nuestro lado. Por eso te miran orgullosos con una sonrisa de oreja a oreja.

Desde mi ordenador europeo se me ha ocurrido investigar la diferencia entre patera y cayuco. El diccionario de la RAE no la deja clara. Hay quien afirma que los cayucos tienen mayor capacidad que las pateras y vienen de más lejos, o que están mejor preparados, con fibra de vidrio para que no se filtre el agua y con sistema GPS. Otros dicen que pateras son las del estrecho y cayucos los que cruzan de Mauritania a Canarias. Hay quien cree que deberíamos llamar canoas a ambas cosas, e incluso quien opina que la diferencia es una estrategia del gobierno español.

En el Mundial de Alemania jugarán las selecciones de Ghana, Angola, Togo, Túnez y Costa de Marfil en representación de África. Un sueño hecho realidad: la posibilidad de llegar a nuestro continente (por medios más tradicionales) y triunfar, tal vez incluso de conseguir importantes contratos multimillonarios. Como diría Eto’o, tendrán que correr como negros para ganar lo que gana un blanco.

Y ahora me pregunto cómo conciliar en un mismo post mi vergüenza europea, mi frivolidad lingüística, el drama humano del océano y el circo del balón. Demasiados contrastes.