Hoy toca un post de autocomplacencia. La verdad es que no soy tan novato buscando setas. Desde pequeño en mi tierra, en los Pirineos, salía al bosque a veces a coger robellones (o níscalos, Lactarius deliciosus). Algunos días cogía más, otros menos, otros ninguno… lo normal, vamos.

Una de las cosas más peculiares de vivir en un sitio nuevo, como es para mí Huelva, en el sur de España, desde hace unos años, son las costumbres gastronómicas del lugar. En esta tierra son tremendamente apreciados los gurumelos (Amanita ponderosa), una seta comestible algo parecida al champiñón, pero que aquí valoran como un gran manjar. Suelen salir entre los meses de febrero y abril, y se dan en todo tipo de terrenos, siendo frecuentes en pinares y bajo las jaras.

Como explica mi colega Manolo Payán en el artículo que escribió para Wikipedia, “se cree que el nombre común procede de su apariencia antes de salir de la tierra; origina un montículo de arena agrietado, un grumuelo”. Bueno, pues los buenos buscadores de esta seta son capaces de encontar gurumelos enterrados varios centímetros bajo tierra con sólo ver ese diminuto montículo que se forma en la superficie.

Afortunadamente, si se deja pasar el tiempo la seta acaba asomando, y eso me ha permitido a mí encontrar hoy mi primer gurumelo. ¡Por fin! Desde hacía unos años había salido varias veces con mi amigo Carlos a buscarlos, pero no a encontrarlos, por desgracia. Él iba llenado la cesta y yo me limitaba a ver cómo lo hacía. Hasta hoy. Junto a mi primer hallazgo, un magnífico ejemplar, como se ve en las fotos, había otro aún mayor. Y luego aún encontré un tercero. Y la verdad, considero que no está nada mal para ser mi primer vez…