Resulta que el príncipe Felipe, futuro rey de España, y su esposa Letizia decidieron guardar la sangre del cordón umbilical de su hija Leonor, nacida hace unos meses, en el momento del parto y enviarla a Estados Unidos para congelar las células madre adultas y poder usarlas en el tratamiento de posibles enfermedades futuras de la niña. Esta práctica no es posible realizarla en España, aunque sí hay familias (las que pueden permitírselo) que lo hacen en el extranjero. Y si se hace con las células madre de plebeyos, ¿cómo no iba a hacerse con las regias células de una futura monarca? Leonor es la única española nacida con una profesión hereditaria, lo que la hace ilustre aún siendo un bebé indefenso.

No voy a cuestionar ahora la monarquía española. Me encantaría que España fuese una república, pero, la verdad, no me parece que sea uno de nuestros principales problemas. Además, sospecho que en unas supuestas elecciones presidenciales Juan Carlos I ganaría de calle en caso de presentarse.

Lo que quería resaltar es la paradoja que se produce en una misma persona: será la jefa de un Estado occidental, la reina de los españoles y españolas, gracias a una costumbre medieval que perdura como tradición anacrónica, y al mismo tiempo podrá disfrutar de los adelantos científicos del siglo XXI con todas las garantías. Ahí no hay tradición que valga; a la realeza se le permite curar sus enfermedades y alterar el curso natural de la historia. Son reyes y reinas por la gracia de Dios, pero curan sus enfermedades con remedios humanos.

De todas formas, esto me recuerda un poco a la famosa silla de la gota del rey de España Carlos I (y V de Alemania), ingeniosos artilugio de la tecnología de la época (s. XVI) con el que pretendieron calmarle los dolores de su enfermedad. Nada impidió, sin embargo, que aquel rey sufriera penosamente y muriera prematuramente con 40 años. Porque antes que rey, por supuesto, era una simple persona.

Imagen tomada de diariosur.es.