Recuerdo que lloré el 21 de enero de 2000 cuando escuché que ETA había vuelto a asesinar después de más de un año de tregua. Yo había creído en aquella tregua, y la propia organización reconoció que tenían razón quienes habían considerado que sólo se trataba de una trampa. Y aunque me parece evidente que el gobierno de Aznar pudo haber apostado más firmemente en aquella ocasión por la solución negociada, la propia ETA se quitó toda la razón al volver a matar y decepcionó por completo todas mis esperanzas.

Por eso este nuevo alto el fuego me produce reparos. Dudo que el fin esté próximo, y que vaya a ser fácil conseguirlo, pero sí creo que ahora es seguro e inevitable. Intento llenarme de esperanza buscando claves, motivos que puedan hacerme pensar que éste sí sea el momento propicio para el fin de la violencia en Euskadi. Lo que viene a continuación es un resumen de algunas de esas claves que se me ocurren, intentando mirar al interior del radicalismo abertzale, ya que, por otra parte, y sin pretender mostrar especial afinidad por el actual gobierno de España, sí me parece evidente que en política el talante sirve.
El 11 de marzo
En la tarde del 11 de marzo de 2004, un buen amigo, acerca de los brutales atentados de Madrid, me dio la primera pista sobre que la autoría no parecía atribuíble a ETA. “Parece obra de un odio extranjero“, me dijo. Ese odio, en efecto extranjero, se percibió como tal en toda España. ¿No es posible que incluso el nacionalismo vasco más radical sintiese como cercano ese dolor de los madrileños? A esto habría que unir la posible sensación de ridículo desde ETA al comparar su terrorismo con boina y de andar por casa con los métodos efectistas y demoledores del terrorismo islamista, organizado en estructuras reticulares a escala internacional.
La policía y la ley de partidos
Siempre pensé que no sería la policía la que acabaría con ETA. Lo cierto es que los palos policiales a la banda han sido cada vez mayores, fruto de mejoras en la coordinación y de una debilidad creciente en la organización armada. Por otra parte, la ley de partidos, aparte de dudosamente justa, me pareció inoportuna y contraproducente. Yo pensaba que la ilegalización de Batasuna daría alas al nacionalismo radical, que la gente se iba a echar a la calle a protestar indignada y habría un apoyo creciente a los violentos. Me equivoqué. No fue así, tal vez porque ya muchas cosas habían cambiado, como intentaré explicar a continuación.
Las nuevas generaciones
A riesgo de que se me critique o no se me entienda, diré que en mi opinión hacen falta dosis elevadas de locura, odio, ofuscación y generosidad vital para decidir que vas a ser un etarra. Trabajar con adolescentes me sirve para descubrir a diario que los valores imperantes a esas edades son la comodidad, el éxito fácil, el consumo de bienes materiales… en resumen, que no hay ideales ya ni para meterse a terrorista. En una sociedad que se ha ido alejando a trompicones de los errores del franquismo, al tiempo que se impregnaba de europeo neoliberalismo, cada vez es más difícil engañar a un chaval para que se eche a la calle a pegar tiros.

La sociedad vasca
Es la protagonista y máxima beneficiaria del fin de la violencia cuando este llegue. Es la que ha sabido plantar cara al terror cuando lo fácil era callar y esconderse. En Euskadi hay hoy personas amenazadas a causa de sus ideas. Personas que a pesar de ello han continuado defendiendo su derecho a expresarlas. Y seguro que seguirá siendo difícil conciliar posturas tan discrepantes sobre cómo todas las cosas deberían ser. Pero el derecho a la vida y la convivencia pacífica deberán estar absolutamente libres de consideración y de relación con esas discrepancias. Que así sea, aunque muchos y muchas ya no puedan verlo.
Imágenes tomadas de abc.es y noticiasdealava.com.
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Categoría: Política , Sociedad