Me ha dado esta tarde mi amigo Carlos una bolsa con aceitunas que cogió el otro día en el campo de su hermano. Es un pequeño huerto que tiene unos cuantos olivos ya viejos y que dan sus frutos de forma totalmente natural y ecológica (sin pesticidas de ningún tipo).

Teniendo en cuenta que las aceitunas son uno de mis manjares preferidos, hace ya unos años que por estas fechas me dedico a aliñarlas, es decir, tratarlas y sazonarlas para su consumo. Muy lejos queda aquella ocasión en que paseando en bicicleta por el campo con mi amigo Fernando se me ocurrió parar a probar el fruto de un olivo. No soy de tierra de aceitunas y, para quien tampoco lo sea, diré que una oliva cruda es lo más áspero y amargo que haya probado. Fernando aún se ríe de mí cuando lo recordamos.

Hay varias formas que eliminar el amargor de las aceitunas. La más sencilla (la mía) es machacarlas y ponerlas en agua. Suelo utilizar una botella vacía, con la base de la cual voy golpeando las aceitunas, una a una, produciéndoles un corte por el que se colará el agua que tiene que ir “lavándolas”. Una vez machacadas todas de cubren con abundante agua y se dejan así. Durante unos 15 días se les va cambiando el agua a diario hasta que dejan de estar amargas. Así que ahí las tengo, nadando. Mañana les cambiaré el agua, y en unos 15 días explicaré el siguiente paso…

Actualización: enlace a la 2ª parte.