Supongo que casi todo el mundo, al menos en España, ha visto los goles del partido de fútbol que jugaron el Real Madrid contra el F. C. Barcelona el sábado pasado. Tras marcar el primero de ellos, el camerunés Samuel Eto’o se va corriendo hacia una esquina golpeando el escudo de su camiseta, entonces se para y levanta al cielo el puño derecho. Y ahí se queda unos instantes mirando al infinito, sin atender a las felicitaciones de su compañero Ronaldinho. Más tarde Eto’o diría que había hecho ese gesto expresando "como un grito de libertad".
 
 
 
El partido, que vio mucha gente en este país, se vio también en el Centro de Acogida de Inmigrantes de Melilla, donde desde hace unas semanas están viviendo un gran número de subsaharianos que saltaron la valla que separa esta ciudad española de Marruecos. Había un televisor en el que un grupo numerosísimo de ellos pudieron ver el partido. Lo cierto es que, tal vez identificándose con Eto’o, que es tan africano, subsahariano y negro como ellos, celebraron su gol con una alegría indescriptible. Y con no menor alegría celebraron los otros dos goles del Barcelona en el partido, aunque los marcara el brasileño Ronaldinho.
 
 
 
Esto lo sé porque lo mostraron por televisión dos días después. El caso es que era impresionante ver a estas personas saltar de alegría, gritando como locos y celebrando los goles del Barcelona cual forofos empedernidos. En medio de su cruel existencia, de su vida de miserias e incertidumbres, vivieron una noche feliz, en la que tuvieron un motivo de orgullo fraternal y alegría colectiva. Ellos que tal vez no sepan ni dónde está Barcelona, que no entienden de catalanismo ni de Estatut, fueron barcelonistas como el que más por una noche, demostrando que el fútbol a veces sirve para algo, y que -mientras no se demuestre lo contrario- África también es del Barça.
 
Imágenes obtenidas de sport.eselmundo.es.