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No durará mucho la valla de Melilla. Tal vez no caiga, pero entonces tendrá que ser sustituida por un poderoso muro de hormigón, protegido por francotiradores apostados en sus garitas.

En los últimos días, cientos de inmigrantes, en su mayoría subsaharianos, han entrado en territorio español por la frontera que las ciudades de Ceuta y Melilla tienen con Marruecos. Frontera defendida con una doble valla de alambre de espino, por numerosas unidades de la Guardia Civil, y, desde la semana pasada, por unos 500 soldados del ejército español. 5 inmigrantes murieron hace unos días en una de las avalanchas humanas, por causas aún no esclarecidas. Y aún así siguen entrando.

¿Por qué el ejécito, en misión intimidatoria, no ha logrado frenar las avalanchas? ¿Por qué en la última de ellas casi han salido peor parados los guardias civiles (apedreados, mordidos…) que los propios inmigrantes? Pues porque ellos no tienen nada que perder, actúan a la desesperada, se juegan todo su futuro, su vida entera en el intento. ¿Y nosotros? Nosotros no podemos permitirnos perder los papeles. Pretendemos actuar con transparencia y respeto a los derechos humanos.

Qué hipocresía. Los mismos agentes que disparan pelotas de goma a los inmigrantes, los atienden y acompañan después a la enfermería. En mismo gobierno que les impide la entrada, se preocupa después de su manutención y cuidado, no expulsándolos fuera de nuestro país si no se conoce con certeza su lugar de procedencia. La misma sociedad que les niega la entrada, afirma por otra parte que es buena y necesaria la inmigración (y el mestizaje).

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Se puede poner una valla, cerrar la frontera, impedir que entren y expulsarlos si lo hacen. También se puede defender la igualdad y el derecho de todo ser humano a una vida digna. Lo que me parece más difícil es pretender hacer las dos cosas a la vez. No durará esa valla.

Imágenes tomadas de elmundo.es.