Lunes, 29 de Agosto de 2005
No había viajado por Europa, fuera de España, desde la introducción del uso del Euro en 2002 (salvo a Reino Unido, que no cuenta en este caso, y esporádicas excursiones a Portugal). Este mes de Agosto he estado en Francia, Alemania, Austria, Eslovenia e Italia.
Así he podido comprobar, por mí mismo, la eficacia del Euro como moneda única, y ha sido fantástico. No tener que cambiar, no tener que aprenderte las equivalencias con tu moneda, no tener que calcular cuánto te vas a gastar para que no te sobre de otra moneda… Realmente, sólo al llegar a España me di cuenta de que teníamos monedas de Euro en las que aparecían Mozart o la Puerta de Brandeburgo. Increíble.
Sólo Eslovenia fue la excepción: allí utilizan sus Tolars (o tólares, no sé cómo se dirá en plural). Pero en realidad podríamos perfectamente, en el día escaso que pasamos en el país, haber pagado todo en euros. Sacamos tolars en un cajero por ignorancia y por la ilusión de ver cómo eran. Es un país pequeño, fronterizo con Austria e Italia, y que aspira con seguridad a formar parte de la "Zona Euro", así que aceptaban euros en todas partes.
Soy de las pocas personas que piensan que la supuesta terrible inflación ocasionada por la introducción del euro en nuestro país es más psicológica que real. Es decir, no niego que gastemos más dinero que antes, pero es porque manejamos los billetes y monedas como si fueran del Monopoly, sin tener del todo claro su valor, y no porque las cosas estén mucho más caras en general. Nadie suele estar de acuerdo conmigo en esto, pero tampoco nadie me niega que gasta (o gastaba) los euros sin recordar muchas veces lo que valen.
Guardo monedas y billetes de peseta. Guardo, como recuerdo, algunos francos franceses, escudos portugueses, liras italianas, florines holandeses y dracmas griegos. Pero confío, sinceramente, en no tener que volver a utilizarlos. Me gusta el Euro.
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