Metido de lleno en las vacaciones, hace unos días que enciendo el ordenador menos de lo habitual, y tengo la blogosfera bastante menos transitada. ¿Y de qué voy a hablar si no es de mis vacaciones?

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Hace dos días estuvimos haciendo un mini-crucero en barco por el río Guadiana. Este río, en sus últimos kilómetros hasta su desembocadura en el Atlántico, va sirviendo de frontera entre España y Portugal. El recorrido que hicimos, que puede verse en el mapa de Google Earth, parte de Ayamonte y llega hasta Sanlúcar de Guadiana (como referencia, en el mapa aparece también la ciudad de Huelva). Según Google Earth la distancia entre ambos pueblos es de unos 30 km en línea recta, pero a lo largo del río seguro que serán algunos más.

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En Ayamonte, junto al mar, el río es ancho, recibe el agua salada del océano y tiene color azul. Al poco de partir el barco pasamos bajo el puente de la autopista que une la provincia española de Huelva con el Algarve portugués. La travesía se hizo larga, debido al calor. Poco a poco las gaviotas fueron desapareciendo, las riberas se hicieron más abruptas y el río se fue estrechando y tomando un color marrón sucio.

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Después de dos horas alcanzamos Sanlúcar de Guadiana. Se trata de un pueblo pequeño, de casitas blancas agarradas a la ladera de una colina rematada por el Castillo de San Marcos, del S. XVII. Anduvimos un rato por el pueblo bajo un calor sofocante. Al otro lado del río, a escasos 100 metros de distancia, se encuentra la localidad portuguesa de Alcoutim, también protegida por un castillo. Es curioso cómo el río separa y une al mismo tiempo a estos dos pueblitos, cuyos habitantes se ven desde lejos a diario y sin embargo hablan idiomas distintos. Los dos tienen un embarcadero y con toda seguridad habrán estado comunicados tradicionalmente por el típico barquero, que te cruzaba al otro lado por algo de dinero (excepto si eras una chica bonita, según dice la canción).

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Nuestro barco nos pasó a la otra orilla, a un hotel a las afueras de Alcoutim, donde teníamos concertada la comida y un largo baño de piscina en la sobremesa. Ya por la tarde reemprendimos nuestro navegar de vuelta a Ayamonte. Ahora hacía ya menos calor y se podía estar en la proa dejándote refrescar por la brisa. Vimos algún nido de cigüeña en los árboles, y otra vez gaviotas conforme nos acercábamos al mar. Debería ser algo más barato, pero es un agradable paseo.