Caracoles

Igual que me pasa con los girasoles, una de las cosas que me encanta de los caracoles es que llegan en una época feliz. En los meses de mayo y junio, cuando empieza a ser común en Andalucía sentarse por las noches en las terrazas, se prodiga en las pizarras de los bares la frase: HAY CARACOLES. Así que suele ser un rito pedirlos con una cerveza muy fría en esta época en que se acerca el veranito.

No a todo el mundo le gusta comerse este molusco. Y hay quien se come los caracoles pero no las cabrillas, que es como llaman los andaluces a los caracoles más grande y oscuros. Aquí los caracoles, por antonomasia, son pequeños (2 – 3 cm) y blanquitos con rayas oscuras. Ignoro cómo los limpian y cocinan, a pesar de que suele ser tema común de conversación mientras te los comes. Yo no presto mucha atención, me limito a devorarlos. Sé que están cocidos con sal y que les ponen cayenas para que estén un poco picantes.

Los sirven en pequeños vasos o cuenquitos de cristal, con un recipiente al lado para echar las cáscaras. Después te puedes beber el caldo. Suelen poner unos palillos para que saques al bicho, pero casi nunca hace falta porque el desdichado (o desdichada, que ellos/as son ambas cosas) suele morir asomado a la puerta de casa.

Hay quien se niega a probarlos, pero son deliciosos. El sabor es intenso y muy peculiar. Saben a caracol.

Be Sociable, Share!