Allá va una de frikismo geek… Acabo de configurar este blog para que pueda leerse mejor en un iPhone, gracias al servicio gratuito Blog2iPhone.

El truco consiste en introducir unas líneas de código en la cabecera del blog que permiten -si se detecta que se ha entrado con un iPhone- redirigir a una versión que organiza los contenidos (mediante css) en un formato optimizado para mostrarse en el navegador web del teléfono.

Este servicio requiere registro gratuito y esta disponible para un número ilimitado de blogs, siempre que éstos funcionen con WordPress, Drupal o Blogger. El resultado es realmente estiloso, somo se puede ver en los pantallazos que pongo de muestra.

Ya lo sabía yo, y eso que no soy vidente, ni mentalisata, ni na.

Lo dicho: salud.

Que sepáis que este año nos va a tocar el gordo.
Cualquier español un 21 de diciembre

El haber recorrido esta península de cabo a rabo varias veces en días como hoy me sirvió para descubrir cuan pequeños e innumerables son los afanes y esperanzas de los cientos de miles de personas que pronuncian la frase anterior en cada bar, restaurante o gasolinera de este país. El éxito de la lotería se basa en que hacen mucho más ruido los poquitos/as a quienes les toca algo que los millones que se quedan con las ganas.

Empecé la costumbre de comprar un décimo de lotería de Navidad del instituto hace años para llevárselo a mi abuela. Ella era una gran jugadora a raíz de una vez que le había tocado un décimo del 2º premio… Después dedicó el resto de su vida a fundirse el triple de aquel premio -por lo menos- en intentar repetir la proeza.

Se cumplen ahora dos años de la muerte de mi abuela pero he conservado la tradición de comprar ese único décimo de lotería de Navidad. No compro nada más, y trato con todas mis fuerzas de evitar al típico pesado que intenta colocarme un cutre-boleto de participación para contribuir a una buena causa. Así es que este es mi décimo, del que sé que no va a tocar mañana:

¿Que por qué sé que no va a tocar? Pues por la misma razón que sé, por ejemplo, que mi casa no será derribada por una aeronave, a pesar de que existe cierta probabilidad de que ello ocurra y, de hecho, pago cada año -muy a mi pesar- un seguro de hogar que cubre, entre otras muchas, esa contingencia.

Me desmarco, por lo tanto, de la frase común del día de hoy y me quedo de antemano, con auténtica alegría, con la que acababa siempre diciendo mi abuela tal día como mañana: “Hoy es el día de la salud“.

Salud para todos y todas.

¿Qué se puede decir de una entidad que contrata a un detective para que obtenga pruebas de que en el banquete de una boda se está poniendo música sin pagar derechos de autor y denuncie al local por ello? El susodicho detective grabó un vídeo sin consentimiento que pretendió usar como prueba del delito.

¿Pero cuál es el delito? ¿Bailar, cantar, divertirse? No, el delito es evitar que gente que tiene mucha pasta gane mucha más.

Los artistas no necesitan a la SGAE para abrirse camino. Los métodos tradicionales de difusión demuestran testarudamente su decadencia. Quien desee difundir su arte tiene medios eficaces al alcance. La SGAE no protege a los creadores; protege a la industria, al negocio y a quienes están forrados.

Es creciente el número de intérpretes que ofrecen sus creaciones gratis por internet (o a cambio de una donación voluntaria). Esto contribuye a difundir su producto, a hacerlo atractivo y a ganar adeptos/as que llenen los conciertos. ¿A quién molesta esto? A quienes se quedan fuera del reparto.

Pero no se saldrán con la suya, es tratar de poner diques al mar. La campaña publicitaria del gobierno español en pro de los intereses de la SGAE es ingenua, estéril, patética. Se preocupa de la supervivencia de unos sistemas de negocio caducos y ataca a la libre difusión de la cultura. No es precisamente lo que uno esperaría de su Ministerio de Cultura. Pero además lo hace con falacias y demagogia. Recomiendo este divertido artículo de David Bravo sobre la campaña.

A la SGAE le han caído 60000€ de multa por espiar en una boda. Por cometer un delito contra el derecho a la intimidad. Me pregunto cuántos artistas de este país se sentirán orgullosos de que se haga algo así -espiar a traición en una boda- en su nombre. Espero que no sean muchos, pero da igual… porque va a haber música para todos/as en las fiestas a pesar de ellos, de la SGAE y del Ministerio de Cultura. La música siempre fue del viento y las mismas canciones honran a su autor cuando son oídas, cantadas o celebradas. Habrá música siempre en cualquier fiesta a pesar de la SGAE, porque siempre la hubo, y porque la música pertenece a quien la disfruta. Por eso la SGAE es la negación de la Cultura y el Arte, aparte de un ejemplo modélico de bajeza y mezquindad.

Por cierto, siereslegalcomparte.com es una web alternativa a la de la campaña del gobierno. Imagen tomada de Diario de un explorador.

La expresión “cloud computing” o “computing on the cloud” significa literalmente computación en la nube, y es una bonita metáfora que hace referencia a la idea de basar las aplicaciones informáticas en servicios alojados de forma externa, en la web. Nuestros datos están en las nubes, no porque estén despistados (que lo mismo también); es porque no residen en nuestro ordenador local, sino en una máquina remota a la que accedemos vía internet.

Así, quienes usamos un servicio de webmail tenemos nuestros correos electrónicos, por ejemplo, en los servidores de Gmail. Pero la cantidad de servicios de este tipo es inmensa: edito y guardo mis documentos en Google Docs, anoto y consulto mis citas en Google Calendar, mis direcciones web en delicious, mis listas en Zenbe, mis tareas en Toodledo, mis fotos en Flickr y mis notas en Evernote (por cierto, algún día tengo que hablar en detalle de este magnífico invento). Son sólo algunos ejemplos cotidianos.

Las ventajas de actuar de este modo son evidentes en un mundo en el que estamos permanentemente online. Utilizo una gran variedad de máquinas, de todo tipo y tamaño y funcionando con distintos softwares, para acceder a mis datos. La única condición es que todos mis aparatos accedan a la red, se conecten a la nube.

Pero aún hay más: tenemos la creciente sensación de que esa nube es el lugar más seguro para nuestros datos importantes, de que tenerlos allí es una garantía de no perderlos, de que nadie nos los quite y de que estén siempre a nuestra disposición. Incluso llamamos “hacer backup”, al hecho de sincronizarnos con ella. Allí no hay que buscarlos ni recordar su ubicación; la nube sólo nos pide un nombre y una contraseña, y ahí los tenemos.

La gente se va de vacaciones a las chimbambas y se autoenvía los pasaportes escaneados a su cuenta de Gmail por si los pierde en el viaje. Así tus datos personales residen en una máquina remota de la que sólo sabes dos cosas:

  1. Sus dueños te han hecho comprometerte a no pedir explicaciones pase lo que pase con tu información.
  2. Nunca pasa nada malo.

Las aplicaciones de escritorio son incómodas y aburridas. Cedemos alegremente nuestros contenidos más sensibles a empresas que facilitan sus servicios de forma gratuita y exenta de garantías. Colgamos en la nube de algodón nuestra intimidad o el fruto de nuestro trabajo. Confiamos en los servicios de Google a pesar de que todos ellos se apelliden BETA, o pagamos nuestra cuota anual de Flickr dejando miles de fotos a expensas del mejor postor que cualquier día va a quedarse con Yahoo.

No hay nada tan cómodo como estar en la nube, y sin duda el futuro de la informática se presenta nuboso. Veremos qué pasa.

Más info sobre computación en la nube en el caparazón, npr (en inglés), islamicaweb (inglés). Imágenes tomadas de bitcurrent y El Ojo en la Red.

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